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sábado, 18 de diciembre de 2010

Lección 13: Baruc: Creó un legado en un mundo decadente / Notas de Elena G. de White

Sábado 18 de diciembre

"Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honro­sos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra" (2 Timoteo 2:20, 21).

El Maestro ha dado a cada uno su obra. A cada uno ha dado con­forme a su capacidad...

Que ninguno se queje porque no tiene mayores talentos para emplear en el servicio del Maestro... Id a trabajar con firme paciencia, y haced lo mejor posible, independientemente de lo que hagan otros. "Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí" (Romanos 14:22). Que no sean vuestros pensamientos ni vuestras palabras: "¡Ojalá que tuviera una obra más importante! ¡Ojalá que estuviera en esta o aquella posi­ción!" Cumplid vuestro deber donde estéis. Invertid lo mejor posible los dones que se os ha dado en el lugar donde trabajáis, y así serviréis mejor al Señor... No envidiéis las capacidades de otros, porque eso no aumen­tará vuestra habilidad para hacer una obra mejor o más grande. Emplead vuestro don con humildad, mansedumbre y fe, y esperad hasta el día del ajuste de cuentas, y no tendréis motivo para afligiros o avergonzaros...

No aspiréis a realizar algún gran servicio, cuando no habéis hecho fielmente el deber de hoy. Atended las cosas comunes, negociad con el talento humilde teniendo un solemne sentido de responsabilidad por el empleo debido de cada facultad, cada pensamiento que Dios os ha dado. Dios no pide menos del humilde que del encumbrado; cada uno debe realizar su obra designada con contentamiento, según la medida del don de Cristo...

La iglesia de Dios está compuesta por personas de diferentes capa­cidades. Como vasos de distintas dimensiones se nos ha colocado en la casa del Señor; pero no se espera que los vasos más pequeños conten­gan todo lo que tienen los más grandes. Todo lo que se requiere es que cada vaso esté lleno según su capacidad (A fin de conocerle, p. 331).


EL MUNDO DE BARUC
Domingo 19 de diciembre

Durante los primeros años del reinado de Joacim fueron dadas muchas advertencias referentes a la condenación que se acercaba.

Estaba por cumplirse la palabra que expresara el Señor por los profetas. La potencia asiría que desde el norte había ejercido durante mucho tiempo la supremacía, no iba a gobernar ya las naciones. Por el sur, Egipto en cuyo poder el rey de Judá había puesto en vano su confianza, iba a ser puesto pronto decididamente en jaque. En forma completa­mente inesperada, una nueva potencia mundial, el imperio babilónico, se levantaba hacia el este, y con presteza iba sobrepujando todas las otras naciones.

Dentro de pocos y cortos años el rey de Babilonia iba a ser usado como instrumento de la ira de Dios sobre el impenitente Judá. Una y otra vez Jerusalén iba a quedar rodeada y en ella entrarían los ejércitos sitiadores de Nabucodonosor. Una compañía tras otra, compuestas al principio de poca gente, pero más tarde de millares y decenas de milla­res de cautivos, iban a ser llevadas a la tierra de Sinar, para morar allí en destierro forzoso. Joacim, Joaquín y Sedequías, esos tres reyes judíos iban a ser por turno vasallos del gobernante babilónico, y cada uno a su vez se iba a rebelar. Castigos cada vez más severos iban a ser infligidos a la nación rebelde, hasta que por fin toda la tierra quedase asolada, Jerusalén reducida a ruinas chamuscadas por el fuego, destruido el templo que Salomón había edificado, y el reino de Judá iba a caer para nunca volver a ocupar su puesto anterior entre las naciones de la tierra.

Aquellos tiempos de cambios, tan cargados de peligros para la nación israelita, fueron señalados por muchos mensajes enviados del cielo, por medio de Jeremías. Así fue cómo el Señor dio a los hijos de Judá amplia oportunidad de librarse de las alianzas con que se habían enredado con Egipto, y de evitar la controversia con los gobernantes de Babilonia. A medida que se acercaba el peligro amenazador, enseñó al pueblo por medio de una serie de parábolas en actos, con la esperanza de despertarlos, hacerles sentir su obligación hacia Dios y alentarlos a sostener relaciones amistosas con el gobierno babilónico (Profetas y reyes, pp. 311, 312).

Dios había suplicado a los de Judá que no le provocasen a ira, pero no le habían escuchado. Finalmente pronunció la sentencia con­tra ellos. Iban a ser llevados cautivos a Babilonia. Los caldeos serían empleados como instrumento por medio del cual Dios iba a castigar a su pueblo desobediente. Los sufrimientos de los hombres de Judá iban a ser proporcionales a la luz que habían tenido, y a las amonestaciones que habían despreciado y rechazado. Durante mucho tiempo Dios había demorado sus castigos; pero ahora su desagrado iba a caer sobre ellos, como último esfuerzo para detenerlos en su carrera impía (Profetas y reyes, p. 313).


EL ESCRIBA DE JEREMÍAS
Lunes 20 de diciembre

En vez de inducirlos a la confesión y al arrepentimiento, las pala­bras del profeta despertaron ira en los que ejercían autoridad, y en con­secuencia Jeremías fue privado de la libertad. Encarcelado y puesto en el cepo, el profeta continuó sin embargo comunicando los mensajes del cielo a los que estaban cerca de él. Su voz no podía ser acallada por la persecución. Declaró acerca de la palabra de verdad: "Fue en mi cora­zón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo, y no pude" (Jeremías 20:9).

Fue más o menos en aquel tiempo cuando el Señor ordenó a Jeremías que escribiera los mensajes que deseaba dar a aquellos por cuya salvación se conmovía de continuo su corazón compasivo. El Señor ordenó a su siervo: "Tómate un rollo de libro, y escribe en él todas las palabras que te he hablado contra Israel y contra Judá, y contra todas las gentes, desde el día que comencé a hablarte, desde los días de Josías hasta hoy. Quizá oirá la casa de Judá todo el mal que yo pienso hacerles, para volverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado" (Jeremías 36:2, 3). Obedeciendo a esta orden, Jeremías llamó en su auxilio a un amigo fiel, el escriba Baruc, y le dictó "todas las palabras que Jehová le había hablado". Estas palabras se escribieron cuidadosamente en un rollo de pergamino, y constituyeron una solemne reprensión del pecado, una advertencia del resultado segu­ro que- tendría la continua apostasía, y una ferviente súplica a renunciar a todo mal (Profetas y reyes, pp. 318, 319).

Frente a una oposición resuelta, Jeremías abogó firmemente por la política de sumisión. Entre los que querían contradecir el consejo del Señor, se destacaba Hananías, uno de los falsos profetas contra los cuales el pueblo había sido amonestado. Pensando obtener el favor del rey y de la corte real, alzó la voz para protestar y declarar que Dios le había dado palabras de aliento para los judíos [Se cita Jeremías 28:2-4],

En presencia de los sacerdotes y del pueblo, Jeremías les rogó que se sometiesen al rey de Babilonia por el plazo que el Señor había espe­cificado. Citó a los hombres de Judá las profecías de Oseas, Habacuc, Sofonías y otros cuyos mensajes de reprensión y amonestación habían sido similares a los propios. Les recordó acontecimientos que habían sucedido en cumplimiento de profecías relativas a la retribución por el pecado del cual no se habían arrepentido. En lo pasado, los juicios de Dios habían caído sobre los impenitentes en cumplimiento exacto de su propósito tal como había sido revelado por intermedio de sus mensajeros...

El falso profeta había fortalecido la incredulidad del pueblo con respecto a Jeremías y su mensaje. Impíamente se había declarado men­sajero del Señor y había muerto en consecuencia. En el quinto mes del año fue cuando Jeremías profetizó la muerte de Hananías, y en el mes séptimo el cumplimiento de sus palabras demostró la veracidad de ellas.

La agitación causada por las declaraciones de los falsos profetas había hecho a Sedequías sospechoso de traición, y solo una acción pres­ta y decisiva podía permitirle seguir reinando como vasallo (Profetas y reyes, pp. 327-329).

Sin embargo, los que creen en Jesús, deben avanzar constantemen­te en pos de la luz. Tienen que orar diariamente para recibir la luz que mana del Espíritu Santo, para que ella brille sobre las páginas del Libro sagrado, a fin de que puedan comprender las cosas que pertenecen al Espíritu divino. Necesitamos confiar sin reservas en la Palabra de Dios. De otra manera estaremos perdidos. Las palabras de los hombres, por importantes que parezcan, no tienen el poder de hacernos perfectos ni habilitarnos para toda buena obra (Recibiréis poder, p. 106).

La fortaleza de las naciones y los individuos no se funda en las oportunidades ni los elementos que parecen hacerlos invencibles; no se la halla tampoco en su pregonada grandeza; lo único que puede hacer­las grandes o fuertes es el poder y el propósito de Dios. Ellas mismas, mediante su actitud hacia su propósito, deciden su propio destino.

La historia humana relata los logros del hombre, sus victorias en la guerra, su éxito en su propósito de escalar las alturas de la grandeza mundanal. La historia, tal como Dios la ve, presenta al hombre desde el punto de vista del cielo. En los registros divinos todo su mérito consiste en obedecer los requerimientos de Dios. Se anota su desobediencia con toda fidelidad, como merecedora del castigo que seguramente recibirá...

Cientos de años antes que un pueblo haya aparecido sobre el esce­nario, la pluma profética, bajo la dirección del Espíritu Santo, bosqueja su historia...

La voz de Dios, escuchada en las épocas pretéritas, ha resonado siglo tras siglo, a través de generaciones que subieron al escenario y descendieron de él. ¿Hablará Dios, y no se respetará su voz? ¿Qué poder trazó toda esta historia, es a saber, que nación tras nación ocupara su lugar y existiera de acuerdo con la predicción divina, dando testimo­nio inconscientemente de la verdad acerca de la cual nada sabían?...

Dios le ha asignado un lugar a cada hombre en su gran plan. Ya sea mediante la verdad o la mentira, mediante la insensatez o la sabiduría, cada cual está cumpliendo un propósito, cada cual está produciendo ciertos resultados...

A los ojos del mundo, los que sirven a Dios pueden parecer débiles. Aparentemente se pueden estar hundiendo bajo las ondas, pero cuando viene la próxima ola se los ve aparecer de nuevo más cerca de la orilla. "Yo les doy vida eterna —dice nuestro Señor—... nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:28). Aunque caigan los reyes y las naciones desaparezcan, las almas que por fe se vinculen con los propósitos divinos, vivirán para siempre. "Los entendidos resplandecerán como el resplan­dor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad" (Daniel 12:3) (Cada día con Dios, p. 352).

La conducta de David puso de manifiesto que tenía un Soberano a quien obedecía. No podía permitir que sus pasiones naturales lo ven­cieran, pues sabía que el que se enseñorea de su espíritu, es más fuerte que el que toma una ciudad. Si hubiese sido guiado y controlado por sentimientos humanos, habría razonado que el Señor había colocado a su enemigo bajo su poder a fin de que pudiera matarlo y para que se apoderara del gobierno de Israel. La mente de Saúl estaba en tal condi­ción que no se respetaba su autoridad, y el pueblo se estaba volviendo irreligioso y corrompido. Con todo, el hecho de que Saúl hubiese sido elegido divinamente como rey de Israel lo mantenía a salvo, pues David servía concienzudamente a Dios y en ninguna forma hubiera hecho daño al ungido de Jehová (Comentario bíblico adventista, tomo 2, p. 1015).


AMBICIONES FRUSTRADAS (Jeremías 36)
Martes 21 die diciembre

El profeta Jeremías, obedeciendo los mandamientos de Dios, dictó las palabras que el Señor le había dado a Baruc, su escriba, el cual las escribió en un rollo (vea Jeremías 36:4). Ese mensaje era una reprensión por todos los pecados de Israel y una advertencia de las consecuencias que se seguirían si perseveraban en sus malos caminos. Era un sincero llamamiento para que renunciaran a sus pecados. Después de haberlo escrito, Jeremías, que estaba prisionero, envió a su escriba para que leyera el rollo a todas las personas que había reunido "en la casa de Jehová, el día: del ayuno" (Jeremías 36:6). El profeta dijo: "Quizá llegue la oración de ellos a la presencia de Jehová, y se vuelva cada uno de su mal camino; porque grande es el furor y la ira que ha expresado Jehová contra este pueblo" (Jeremías 36:7).

El escriba obedeció al profeta y leyó el rollo ante el pueblo de Judá. Pero su tarea no acabó aquí, debía leerlo ante los príncipes, quie­nes escucharon con gran interés. Sus rostros tenían una expresión de temor mientras preguntaban a Baruc al respecto del misterioso escrito. Prometieron referir al rey todo lo que habían oído sobre él y su pueblo, pero aconsejaron al escriba que se escondiera porque temían que el rey rechazaría el testimonio que Dios había dado por medio de Jeremías y querría matar tanto al profeta como a su escriba.

Cuando los príncipes refirieron al rey lo que Baruc había leído, inmediatamente ordenó que trajeran el rollo y se lo leyeran. Pero en lugar de aceptar sus advertencias y temblar ante el peligro que se cernía sobre él y su pueblo, en un arrebato de furia, lo arrojó al fuego, a pesar de que algunos que gozaban de su confianza le habían suplicado que no lo quemara. Cuando la ira de aquel malvado monarca se alzó contra Jeremías y su escriba, ordenó que los aprehendieran inmediatamente; "pero Jehová los escondió" (Jeremías 36:26). Después que el rey hubo quemado el sagrado rollo, la palabra de Dios vino a Jeremías, diciendo: "Vuelve a tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras que estaban en el primer rollo que quemó Joacim rey de Judá. Y dirás a Joacim rey de Judá: Así ha dicho Jehová: Tú quemaste este rollo, diciendo: ¿Por qué escribiste en él, diciendo: De cierto vendrá el rey de Babilonia, y destruirá esta tierra, y hará que no queden en ella ni hombres ni animales?" (Jeremías 36:28, 29).

El Dios de misericordia advertía al pueblo por su bien. "Quizá", dijo el Creador compasivo, "oiga la casa de Judá todo el mal que yo pienso hacerles, y se arrepienta cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado" (Jeremías 36:3). Dios se apiada de la ceguera y la perversidad del hombre; envía luz a su entendimiento sumido en tinieblas por medio de reprobaciones y amenazas con el fin de que los poderosos se den cuenta de su ignorancia y lamenten sus errores. Hace que los que se complacen en sí mismos se sientan insatisfechos con sus logros y busquen mayores bendiciones con una unión más estrecha con el cielo (Testimonios para la iglesia, tomo 4, pp. 176, 177).

Cristo ha dado a su pueblo mensajes de advertencia para compar­tir con el mundo; al hacerlo, muchos se convencen de la verdad pero comienzan a pensar acerca del sacrificio que significará para ellos obedecerla. La verdad hace una impresión en el corazón y en la con­ciencia. Pero entonces comienzan las especulaciones: ¿Por qué son tan pocos los que creen? ¿Por qué los ministros de la gente educada no la han creído?

Muchos deciden no obedecer la verdad por temor a perder su posi­ción en el mundo y a tener que sufrir muchos inconvenientes al seguir al Salvador. No se dan cuenta que el rechazar la verdad significará su ruina eterna.

Los seres celestiales observan con intenso interés la lucha entre el tentador y los tentados. Es un asunto de vida o muerte el que está en juego. Cristo lo sabe, y por eso, a esas almas que están temblando y en la balanza, les recuerda que deben pasar la prueba de la obediencia o la desobediencia. Les dice: "El que ama su vida —esto es, su buen nom­bre, su reputación, su dinero, sus propiedades, su negocio— la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará" (Juan 12:25). El que aborrece la vida que se vive en transgresión a las leyes de Dios y en cambio ama la vida que acepta los requerimientos divinos, y deja que Dios se haga cargo de las consecuencias, ganará la vida eterna. "Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará" (Juan 12:26) (Review and Herald, 13 de noviembre, 1900).


¡AY DE MI!
Miércoles 22 de diciembre

Aquellos a quienes Dios ha escogido para una obra impor­tante siempre han sido recibidos con desconfianza y sospechas. Antiguamente, cuando Elías fue enviado con un mensaje de Dios al pueblo, no prestaron atención a la advertencia. Pensaron que él era innecesariamente severo. Hasta pensaron que debía haber perdido el juicio porque los denunciaba a ellos, el pueblo favorecido de Dios, como pecadores, y sus delitos como de un carácter tan grave que los jui­cios de Dios se levantarían contra ellos. Satanás y su hueste siempre se han unido contra aquellos que llevan el mensaje de amonestación y que reprenden los pecados. Los no consagrados también se unirán con el adversario de las almas para hacer tan difícil como sea posible el trabajo de los fieles siervos de Dios (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 289).

Los siervos del Señor han de contar con tener que hacer frente a toda clase de desalientos. Serán probados, no solo por la ira, el menos­precio y la crueldad de los enemigos, sino también por la indolencia, la inconsecuencia, la tibieza y la traición de amigos y ayudantes... Aun algunos de los que parezcan desear que la obra de Dios prospere, debi­litarán las manos de sus siervos oyendo, llevando y creyendo a medias las calumnias, jactancias y amenazas de sus adversarios... En medio de grandes desalientos, Nehemías confió en Dios; y en él está también nuestra defensa. El recuerdo de lo que Dios ha hecho por nosotros resultará un apoyo en todo peligro. "El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará tam­bién con él todas las cosas?" Y "si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?" Por astutos que sean los planes de Satanás y sus agentes, Dios puede descubrirlos y anular todos sus consejos (Servicio cristiano, p. 297).

... A todos los que tantean para sentir la mano guiadora de Dios, el momento de mayor desaliento es cuando más cerca está la ayuda divina. Mirarán atrás con agradecimiento, a la parte más obscura del camino. "Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos" (2 Pedro 2:9). Salen de toda tentación y prueba con una fe más firme y una experiencia más rica (El Deseado de todas las gentes, p. 487).

Algunas veces sobrevendrán al alma la oscuridad y el desaliento, y amenazarán abrumarnos; pero no deberíamos desechar nuestra con­fianza. Debemos mantener la vista fija en Jesús, haya o no sentimiento. Deberíamos tratar de cumplir fielmente cada deber conocido, y descan­sar luego tranquilamente en las promesas de Dios (Mensajes para los jóvenes, p. 109).


¿QUE HAY EN ESTO PARA MI?
Jueves 23 de diciembre

Quienes piensan que su trabajo no es apreciado y ansían un puesto de mayor responsabilidad, deben considerar que "ni de oriente, ni de occidente, ni del desierto viene el ensalzamiento. Mas Dios es el juez: a éste abate, y a aquél ensalza" (Salmo 75:6, 7). Todo hombre tiene su lugar en el eterno plan del cielo. El que lo ocupemos depende de nuestra fidelidad en colaborar con Dios, Necesitamos desconfiar de la compa­sión propia. Jamás os permitáis sentir que no se os aprecia debidamente ni se tienen en cuenta vuestros esfuerzos, o que vuestro trabajo es demasiado difícil. Toda murmuración sea acallada por el recuerdo de lo que Cristo sufrió por nosotros. Recibimos mejor trato que el que recibió nuestro Señor. "¿Y tú buscas para ti grandezas? No busques" (Jeremías 45:5). El Señor no tiene lugar en su obra para los que sienten mayor deseo de ganar la corona que de llevar la cruz. Necesita hombres que piensen más en cumplir su deber que en recibir la recompensa; hombres más solícitos por los principios que por su propio progreso.

Los que son humildes y desempeñan su trabajo como para Dios, no aparentan quizás tanto como los presuntuosos y bulliciosos; pero su obra es más valiosa. Muchas veces los jactanciosos llaman la atención sobre sí mismos, y se interponen entre el pueblo y Dios, pero su obra fracasa. "Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; y ante toda tu pose­sión adquiere inteligencia. Engrandécela, y ella te engrandecerá; ella te honrará, cuando tú la hayas abrazado" (Proverbios 4:7, 8) (El ministerio de curación, p. 378).

No se nos encarga la tarea de exaltarnos a nosotros mismos ni buscar el lugar más elevado en la estimación de otros. No se nos pide tener la prioridad y supremacía en las opiniones y consejos de nuestros hermanos. La tarea que Dios nos pide es ser humildes; es hacer justi­cia, amar misericordia y humillarnos ante nuestro Dios. No debemos promover el orgullo y la autoestima ni pensar que no somos apreciados suficientemente porque no se reconocen nuestras habilidades. Nuestro deber es hacer la tarea encomendada aunque sea humilde y realizarla con fidelidad y ánimo, como haciéndola para el Señor.

Somos la propiedad de Dios. ¿Acaso no estaremos felices realizan­do la tarea que él nos encomiende, confiando en su juicio y aceptando el privilegio de ser colaboradores con él en cualquier parte de su viña? El Señor sabe si somos capaces de realizar un trabajo más importante y abrirá el camino. ¡Cuán agradecidos debiéramos estar de no ser respon­sables de evaluar nuestras propias habilidades y elegir nuestra propia posición! Nuestro deber es ejercitar nuestros talentos y ver la forma de ser aprobados por Dios "como obrero que no tiene de qué avergonzar­se". La sonrisa divina descansa sobre aquel que cumple su deber con fidelidad y cuidado, y que "es fiel en lo muy poco". Si somos dedicados en nuestro servicio a Dios, él nos dará mayores responsabilidades a su debido tiempo. Pongamos todos nuestros intereses y nuestros negocios en las manos de Dios y confiemos en su sabiduría para disponer de ellos (Signs of the Times, 9 de marzo, 1888).




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Mientras estudia la Lección o Guía de Estudio de la Biblia / Escuela Sabática, en Ojo Adventista, lo invitamos -para beneficio de todos- escribir sus comentarios y consideraciones sobre dicho estudio al pie de esta entrada.





Guía de Estudio de la Biblia: "Personajes Secundarios del Antiguo Testamento" / Notas de Elena G. de White

Periodo: Trimestre 4 / octubre-diciembre de 2010
Autor: Gerald y Chantal Klingbeil, junto con sus tres hijas, Hanna, Sarah y Jemima, vivieron en África, Sudamérica, Europa y Asia. Actualmente, Gerald Klingbeil es un editor asociado de la Adventist Review (la Revista Adventista en inglés).
Dirección general: Clifford Goldstein
Dirección editorial: Marcos G. Blanco
Traducción y redacción editorial: Rolando A. Itin



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sábado, 11 de diciembre de 2010

Lección 12: Giezi: Erró el blanco / Notas de Elena G. de White

Sábado 11 de diciembre

"Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová" (Jeremías 9:23, 24).

Hay una educación que es esencialmente mundanal. Su fin es dar éxito en el mundo, satisfacer la ambición egoísta. Para conseguir esta educación muchos estudiantes dedican tiempo y dinero y llenan su mente de conocimientos innecesarios. El mundo los tiene por sabios; pero no tienen a Dios en sus pensamientos...

Hay otra clase de educación que es muy diferente. Su principio fundamental, según lo declaró el mayor de los maestros que el mundo haya conocido, es: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia" (Mateo 6:33). Su fin no es egoísta; su propósito es honrar a Dios, y servirle en el mundo... Dios es la fuente de toda sabiduría. Él es infinitamente sabio, justo y bueno. Aparte de Cristo, los hombres más sabios que jamás hayan vivido no pueden comprenderlo. Pue-den profesar ser sabios; pueden gloriarse de sus adquisiciones; pero el simple conocimiento intelectual, aparte de las grandes verdades que se concentran en Cristo, es como nada...

Si los hombres pudiesen ver por un momento más allá del alcance de la visión finita, si pudiesen discernir una vislumbre de lo eterno, toda boca dejaría de jactarse. Los hombres que viven en este mundo que es un pequeño átomo del universo son finitos; Dios tiene mundos innumerables que obedecen a sus leyes, y son conducidos para gloria suya. Cuando en sus investigaciones científicas los hombres han ido hasta donde se lo permiten sus facultades limitadas, queda todavía más allá un infinito que no pueden comprender.

Antes que los hombres puedan ser verdaderamente sabios, deben comprender que dependen de Dios, y deben estar henchidos de su sabiduría. Dios es la fuente tanto del poder intelectual como del espiritual. Los mayores hombres, que han llegado a lo que el mundo considera como admirables alturas de la ciencia, no pueden compararse con el amado Juan o el apóstol Pablo. La más alta norma de virilidad se alcanza cuando se combina el poder intelectual con el espiritual (En lugares celestiales, p. 143).


CALIDAD DE SIERVO
Domingo 12 de diciembre

Cuántos profesan ser siervos de Cristo, pero cuán indispuestos se manifiestan a soportar críticas y vergüenza por amor de él. La cruz no fue diseñada para complacer al yo; está directamente opuesta a la senda del amador de placeres, y se enfrenta a nuestros deseos carnales, inclinaciones egoístas y pasiones no santificadas. La cruz reprueba cualquier infidelidad en nuestras labores. Llevar la cruz de Cristo significa no evitar las cargas y responsabilidades. Si moramos en Cristo y aprendemos en su escuela, no seremos rudos, deshonestos o infieles, sino que llevaremos los principios de Cristo en cualquier tarea que nos toque realizar. Nos identificaremos con los intereses de nuestro empleador no siendo descuidados o extravagantes, ni perderemos el tiempo, ya que si se nos paga por hacer el trabajo, el tiempo no nos pertenece a nosotros sino al que nos emplea. Si no somos diligentes y esforzados, quedaremos registrados en los libros del cielo como siervos infieles (Review and Herald, 22 de septiembre, 1891).

Hay muchos que profesan ser cristianos y no están unidos con Cristo. Su vida diaria, su espíritu, dan testimonio de que Cristo, la esperanza de gloria, no mora en ellos. No se puede depender de ellos ni confiar en ellos. Están ansiosos de reducir su servicio al mínimo de esfuerzo y al mismo tiempo obtener el máximo de salario. El nombre "siervo" se aplica a todos los hombres, pues todos lo somos, y nos convendrá ver a qué molde nos conformamos. ¿Es el de la infidelidad o el de la fidelidad?

¿Están los siervos generalmente dispuestos a hacer todo lo que pueden? ¿No es más bien costumbre prevaleciente deslizarse por el trabajo tan rápida y fácil-mente como sea posible y obtener el salario al menor costo posible? El fin no es ser tan cabal como se pueda, sino obtener una remuneración. Los que profesan ser siervos de Cristo no deberían olvidar el precepto del apóstol Pablo: "Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor, y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la compensación de la herencia, porque a Cristo el Señor servís".

Los que entran en la obra como "siervos del ojo" hallarán que su trabajo no puede resistir la inspección de los hombres o de los ángeles. Lo esencial para el éxito en el trabajo es el conocimiento de Cristo; pues este conocimiento dará sanos principios de rectitud, e impartirá un espíritu noble, abnegado, como el de nuestro Salvador a quien profesamos servir. La fidelidad, la economía, el cuidado, la prolijidad, debieran caracterizar todo nuestro trabajo, ya sea en la cocina, el taller, las oficinas de las casas editoras, el sanatorio, el colegio o dondequiera estemos ubicados en la viña del Señor. "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" (Mensajes para los jóvenes, pp. 227, 228).


APRENDER DE PRIMERA MANO
Lunes 13 de diciembre

La iglesia de Cristo está organizada para servir. Tal es su consigna. Sus miem-bros son soldados que han de ser adiestrados para combatir bajo las órdenes del Capitán de su salvación. Los ministros, médicos y maestros cristianos tienen una obra más amplia de lo que muchos se imaginan. No solo han de servir al pueblo, sino también enseñarle a servir. No solo han de instruir a sus oyentes en los buenos principios, sino también educarlos para que sepan comunicar estos principios. La verdad que no se practica, que no se comunica, pierde su poder vivificante, su fuerza curativa. Su beneficio no puede conservarse sino compartiéndolo.

Hay que romper la monotonía de nuestro servicio a Dios. Todo miembro de la iglesia debe empeñarse en alguna manera de servir al Maestro. Unos no pueden hacer tanto como otros, pero todos deben esforzarse cuanto les sea posible por hacer retroceder la ola de enfermedad y angustia que azota al mundo. Muchos trabajarían con gusto si se les enseñara cómo empezar. Necesitan instrucción y aliento.

Cada iglesia debe ser escuela práctica de obreros cristianos. Sus miembros deberían aprender a dar estudios bíblicos, a dirigir y enseñar clases en las escuelas sabáticas, a auxiliar al pobre y cuidar al enfermo, y trabajar en pro de los inconversos. Debería haber escuelas de higiene, clases culinarias y para varios ramos de la obra caritativa cristiana. Debería haber no solo enseñanza teórica, sino también trabajo práctico bajo la dirección de instructores experimentados. Abran los maestros el camino trabajando entre el pueblo, y otros, al unirse con ellos, aprenderán de su ejemplo. Un ejemplo vale más que muchos preceptos (El ministerio de curación, pp. 107, 108).

Para que los seres humanos pudieran llegar a ser reyes y sacerdotes para Dios, el Comandante de los ángeles tomó la posición de siervo, dejándonos un perfecto ejemplo para que aprendamos de él. En su vida ejemplificó la ley;-ningún acto pecaminoso malogró su conducta; todas sus palabras y acciones fueron sin mancha (Review and Herald, 29 de abril, 1902).

Los que entran en esta obra deben primeramente entregarse sin reservas a Dios; deben aprender de Cristo y seguir su ejemplo. Él los invita, diciéndoles: "Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de co-razón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11:28-30). Los ángeles son comisionados a acompañar a quienes entran en la obra con verdadera humildad (Review and Herald, 6 de mayo, 1902).

Todos los que profesamos llevar el nombre de Cristo y deseamos recibir la herencia eterna viviendo en la ciudad de Dios donde no habrá más impurezas, debemos mostrar al mundo, por precepto y por ejemplo, los principios del verdadero vivir. Todo el cielo está observando cómo peleamos la batalla contra la tentación (Signs of the Times, 10 de agosto, 1915).


UNA CUESTIÓN DE FE
Martes 14 de diciembre

Naamán el sirio consultó al profeta de Dios acerca de cómo podía curarse de una enfermedad repugnante: la lepra. Se le ordenó ir y bañarse en el Jordán siete veces. ¿Por qué no siguió inmediatamente las instrucciones de Eliseo, el profeta de Dios?... A causa de su mortifica­ción y decepción tuvo un rapto de cólera, y furiosamente rehusó seguir el humilde procedimiento que le había señalado el profeta de Dios. "He aquí", dijo, "yo decía para mí: Saldrá él luego y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sana­rá la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado". Su criado dijo: "Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? Sí, ese gran hombre consideraba que estaba por debajo de su dignidad ir al humilde río Jordán y lavarse. Los ríos que había mencionado y deseado se veían embellecidos por los árboles y sotos de sus riberas y había ídolos en esos sotos. Muchos acudían a esos ríos para adorar las estatuas de sus dioses; por lo tanto, eso no hubiera significado ninguna humillación para él. Pero el cumplimiento de las directivas específicas del profeta hubiera humillado su espíritu orgu­lloso y altivo. La obediencia voluntaria traería el resultado deseado. Se lavó y quedó sano.

Nuestros planes no son siempre los de Dios... En su amante cui­dado e interés por nosotros, muchas veces Aquel que nos comprende mejor de lo que nos comprendemos a nosotros mismos, se niega a permitirnos que procuremos con egoísmo la satisfacción de nuestra ambición... Nos pide él que le cedamos muchas cosas; pero al hacerlo no nos despojamos más que de lo que nos impide avanzar hacia el cielo (Conflicto y valor, p. 228).

... Naamán, noble pagano que había sido fiel a sus convicciones de lo recto y había sentido su gran necesidad de ayuda, estaba en condición de recibir los dones de la gracia de Dios. No solamente fue limpiado de su lepra, sino también bendecido con un conocimiento del verdadero Dios.
Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida en que lo pue­den distinguir, están en una condición más favorable que aquellos que tienen gran luz y profesan servir a Dios, pero desprecian la luz y por su vida diaria contradicen su profesión de fe (El Deseado de todas las gentes, p. 206).

Los siervos de Naamán le rogaron que cumpliese las instrucciones de Elíseo. Le dijeron: "Si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la hicieras? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?" Se esta­ba probando la fe de Naamán, mientras que su orgullo contendía para obtener la victoria. Por fin venció la fe, y el altanero sirio dejó de lado el orgullo de su corazón, y se sometió a la voluntad revelada de Jehová. Siete veces se sumergió en el Jordán, "conforme a la palabra del varón de Dios". El Señor honró su fe; "y su carne se volvió como la carne de un niño, y fue limpio" (Profetas y reyes, p. 186).


LA CAIDA DE GIEZI
Miércoles 15 de diciembre

Con el transcurso de los años, el siervo de Elíseo, Giezi, había tenido oportunidad de desarrollar el mismo espíritu de abnegación que caracterizaba la obra de su amo. Había tenido el privilegio de llegar a ser noble portaestandarte en el ejército del Señor. Durante mucho tiempo habían estado a su alcance los mejores dones del cielo; y sin embargo, apartándose de ellos, había codiciado en su lugar el vil metal de las riquezas mundanales. Y ahora los anhelos ocultos de su espíritu avariento le indujeron a ceder a la tentación abrumadora (Profetas y reyes, p. 187).

Son muy pocos los que comprenden el poder de su amor por el dinero hasta que se los pone a prueba. Entonces es cuando muchos que profesan ser seguidores de Cristo muestran que no están preparados para el cielo. Sus obras testifican que aman más el dinero que a su pró­jimo o a Dios. Tal como el joven rico, preguntan por el camino de la vida, pero cuando éste les es señalado y cuando calculan el costo, y ven que se exige de ellos el sacrificio de las riquezas mundanales, deciden que el cielo cuesta demasiado. Cuanto mayores son los tesoros hechos en la tierra, tanto más difícil resulta para sus poseedores comprender que éstos no les pertenecen sino que les han sido prestados para que los utilizasen para gloria de Dios (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 156).

La Biblia no condena a nadie por rico, si adquirió honradamente su riqueza. La raíz de todo mal no es el dinero, sino el amor al dinero. Dios da a los hombres la facultad de enriquecerse; y en manos del que se porta como administrador de Dios, empleando generosamente sus recursos, la riqueza es una bendición, tanto para el que la posee como para el mundo. Pero muchos, absortos en su interés por los tesoros mundanos, se vuelven insensibles a las demandas de Dios y a las nece­sidades de sus semejantes. Consideran sus riquezas como medio de glo­rificarse. Añaden una casa a la otra, y una tierra a otra tierra; llenan sus mansiones de lujos, mientras que alrededor de ellos hay seres humanos sumidos en la miseria y el crimen, en enfermedades y muerte. Los que así dedican su vida al egoísmo no desarrollan los atributos de Dios, sino los del maligno (El ministerio de curación, p. 163).

Los tesoros acumulados en la tierra no perduran: los ladrones entran y los roban; los arruinan el orín y la polilla; el incendio y la tempestad pueden barrer nuestros bienes. Y "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". Lo que se atesora en el mundo absorberá la mente y excluirá aun las cosas del cielo.

El amor al dinero era la pasión dominante en la época de los judíos. La mundanalidad usurpaba en el alma el lugar de Dios y de la religión. Así ocurre ahora. La ambición avarienta de acumular riquezas tiene tal ensalmo sobre la vida, que termina por pervertir la nobleza y corromper toda consideración de los hombres para sus semejantes hasta ahogar­los en la perdición. La servidumbre bajo Satanás rebosa de cuidados, perplejidades y trabajo agotador; los tesoros que los hombres acumulan en la tierra son tan solo temporales (El discurso maestro de Jesucristo, p. 76).


VIVIR DE LAS SOBRAS
Jueves 16 de diciembre

...La verdad es de Dios; el engaño en sus miles de formas proviene de Satanás; y quienquiera que se desvíe de la línea recta de la verdad, se entrega al poder del maligno. Los que han aprendido de Cristo seguirán el consejo del apóstol: "No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas" (Efesios 5:11). Tanto en sus palabras como en su vida, serán sencillos, sinceros y veraces; porque se están preparando para alternar con los santos en cuyas "bocas no ha sido hallado engaño" (Apocalipsis 14:5).

Siglos después que Naamán regresara a su hogar en Siria, con el cuerpo curado y el espíritu convertido, su fe admirable fue mencionada y elogiada por el Salvador como lección objetiva para todos los que dicen servir a Dios. Declaró el Salvador: "Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fue limpio, sino Naamán el Sirio" (Lucas 4:27). Dios pasó por alto a los muchos leprosos que había en Israel, porque su incredulidad les cerraba la puerta del bien. Un noble pagano que había sido fiel a sus convicciones relativas a la justicia, y sentía su necesidad de ayuda, fue a los ojos de Dios más digno de su bendición que los afligidos de Israel, que habían despreciado los privilegios que Dios les había dado. Dios obra en pro de aquellos que aprecian sus favores y responden a la luz que les ha dado el cielo.

En todos los países hay ahora personas sinceras de corazón, sobre las cuales brilla la luz del cielo. Si perseveran con fidelidad en lo que comprenden como deber suyo, recibirán más luz, hasta que, como Naamán antiguamente, se vean constreñidas a reconocer que "no hay Dios en toda la tierra", excepto el Dios vivo, el Creador (Profetas y reyes, pp. 188, 189).

Cuán pocos reconocen sus debilidades hasta que llega el día de la prueba. Piensan que son sabios pero son necios, porque no hay nada en ellos de lo cual enorgullecerse. Aun aquellos que están en posiciones de responsabilidad y rodeados de los mejores privilegios religiosos, pueden caer. Puede ser de valor estudiar el caso de Giezi: vivía en la casa del piadoso profeta Elíseo; escuchaba sus fervientes oraciones y veía una vida guiada por principios correctos, y sin embargo todo eso no le ayudó a mejorar su propia vida. Engañó a Naamán para recibir una recompensa pero lo que recibió fue la lepra que aquel tenía (Ellen G. White 1888 Materials, p. 1529).




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Guía de Estudio de la Biblia: "Personajes Secundarios del Antiguo Testamento" / Notas de Elena G. de White

Periodo: Trimestre 4 / octubre-diciembre de 2010
Autor: Gerald y Chantal Klingbeil, junto con sus tres hijas, Hanna, Sarah y Jemima, vivieron en África, Sudamérica, Europa y Asia. Actualmente, Gerald Klingbeil es un editor asociado de la Adventist Review (la Revista Adventista en inglés).
Dirección general: Clifford Goldstein
Dirección editorial: Marcos G. Blanco
Traducción y redacción editorial: Rolando A. Itin



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sábado, 4 de diciembre de 2010

Lección 11: La viuda de Sarepta: El salto de fe / Notas de Elena G. de White

Sábado 4 de diciembre

Aunque Cristo es la verdad, los seres humanos no lo escucharán ni aceptarán ser guiados por él, porque no pueden discernir las cosas espirituales; no pueden ver lo invisible. En cambio sus discípulos, que ven en él el camino, la verdad y la vida, gozarán de su presencia y tendrán un conocimiento experimental de Dios y de Jesucristo a quien él ha enviado. Ya no dirán: "no puedo comprender", porque ya no verán a través de un espejo, oscuramente, sino que serán "plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la anchura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento" (Efesios 3:18, 19). Y aquel que "comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo"(Filipenses 1:6). El honor de Dios y el honor de Cristo están envueltos en la perfección de nuestro carácter. Nuestro trabajo es cooperar con Cristo para llegar a estar completos en él. Al estar unidos con él por la fe, al creer y recibir, llegamos a ser participantes de él. Su gloria se revela en nuestro carácter, y cuando él aparezca escucharemos su bendición, diciéndonos: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (S. Mateo 25:23) (The Southern Review, 25 de octubre, 1898).


A SAREPTA

Domingo 5 de diciembre

La oración de Elías fue contestada. Las súplicas, reprensiones y amonestaciones que habían sido repetidas a menudo no habían inducido a Israel a arrepentirse. Había llegado el momento en que Dios debía hablarle por medio de los castigos. Por cuanto los adoradores de Baal aseveraban que los tesoros del cielo, el rocío y la lluvia, no provenían de Jehová, sino de las fuerzas que regían la naturaleza, y que la tierra era enriquecida y hecha abundantemente fructífera mediante la energía creadora del sol, la maldición de Dios iba a descansar gravosamente sobre la tierra contaminada. Se iba a demostrar a las tribus apóstatas de Israel cuán insensato era confiar en el poder de Baal para obtener bendiciones temporales. Hasta que dichas tribus se volviesen a Dios arrepentidas y le reconociesen como fuente de toda bendición, no descendería rocío ni lluvia sobre la tierra...

Fue tan solo por su fe poderosa en el poder infalible de la palabra de Dios como Elías entregó su mensaje. Si no le hubiese dominado una confianza implícita en Aquel a quien servía, nunca habría comparecido ante Acab. Mientras se dirigía a Samaria, Elías había pasado al lado de arroyos inagotables, colinas verdeantes, bosques imponentes que parecían inalcanzables para la sequía. Todo lo que veía estaba revestido de belleza. El profeta podría haberse preguntado cómo iban a secarse los arroyos que nunca habían cesado de fluir, y cómo podrían ser quemados por la sequía aquellos valles y colinas. Pero no dio cabida a la incredulidad. Creía firmemente que Dios iba a humillar al apóstata Israel, y que los castigos inducirían a éste a arrepentirse. El decreto del cielo había sido dado; no podía la palabra de Dios dejar de cumplirse; y con riesgo de su vida Elías cumplió intrépidamente su comisión. Como un rayo que bajará de un cielo despejado, el anuncio del castigo inminente llegó a los oídos del rey impío; pero antes que Acab se recobrase de su asombro o formulara una respuesta, Elías desapareció tan abruptamente como se había presentado, sin aguardar para ver el efecto de su mensaje (Profetas y reyes, pp. 59, 60).

El mundo material se halla bajo el dominio de Dios. Las leyes de la naturaleza son obedecidas por la naturaleza. Todo expresa y obra la voluntad del Creador. La nube y la luz del sol, el rocío y la lluvia, el viento y la tormenta, todo se halla bajo la vigilancia divina, y rinde implícita obediencia a su mandato. Es en obediencia a la ley de Dios como el tallo del grano sube a través de la tierra, "primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga". El Señor desarrolla estas etapas a su debido tiempo porque no se oponen a su obra. ¿Y será posible que el hombre, hecho a la imagen de Dios, dotado del raciocinio y del habla, sea el único que no aprecie sus dones y desobedezca su voluntad?


UN INSTRUMENTO INUSUAL (1 Reyes 17:7-12)
Lunes 6 de diciembre

Por un tiempo Elías permaneció escondido en las montañas donde corría el arroyo Cherit. Durante muchos meses se le proveyó milagrosamente de alimento. Más tarde, cuando, debido a la prolongada sequía, se secó el arroyo, Dios ordenó a su siervo que hallase refugio en una tierra pagana. Le dijo: "Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y allí morarás: he aquí yo he mandado allí a una mujer viuda que te sustente".

Esa mujer no era israelita. Nunca había gozado de los privilegios y bendiciones que había disfrutado el pueblo escogido por Dios; pero creía en el verdadero Dios, y había andado en toda la luz que resplandecía sobre su senda. De modo que cuando no hubo seguridad para Elías en la tierra de Israel, Dios le envió a aquella mujer para que hallase asilo en su casa...

En ese hogar azotado por la pobreza, el hambre apremiaba; y la escasa pitanza parecía a punto de agotarse. La llegada de Elías en el mismo día en que la viuda temía verse obligada a renunciar a la lucha para sustentar su vida, probó hasta lo sumo la fe de ella en el poder del Dios viviente para proveerle lo que necesitaba. Pero aun en su extrema necesidad, reveló su fe cumpliendo la petición del forastero que solicitaba compartir con ella su último bocado...

No podría haberse exigido mayor prueba de fe. Hasta entonces la viuda había tratado a todos los forasteros con bondad y generosidad. En ese momento, sin tener en cuenta los sufrimientos que pudiesen resultar para ella y su hijo, y confiando en que el Dios de Israel supliría todas sus necesidades, dio esta prueba suprema de hospitalidad obrando "como le dijo Elías" (Profetas y reyes,
pp. 94, 95).

... Dios dirige a sus hijos por senderos que ellos desconocen; pero no olvida ni desecha a los que depositan su confianza en él. Permitió que Job fuese atribulado pero no le abandonó. Consintió en que el amado Juan fuese desterrado a la solitaria isla de Patmos, pero el Hijo de Dios le visitó allí, y pudo ver escenas de gloria inmortal.

Dios permite que las pruebas asedien a los suyos, para que mediante su constancia y obediencia puedan enriquecerse espiritualmente, y para que su ejemplo sea una fuente de poder para otros. "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal" (Jeremías 29:11). Los mismos sufrimientos que prueban más severamente nuestra fe, y que nos hacen pensar que Dios nos ha olvidado, sirven para llevarnos más cerca de Cristo, para que echemos todas nuestras cargas a sus pies, y para que sintamos la paz que nos ha de dar en cambio (Patriarcas y profetas, pp 122)

Pero muchos misterios permanecen todavía sin ser revelados. ¡Cuánto que es reconocido como verdad es misterioso e inexplicable para la mente humana! ¡Cuán oscuros parecen los designios de la Providencia! ¡Cuánta necesidad hay de fe implícita y confianza en el gobierno moral de Dios! Estamos listos para decir con Pablo: "¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" p. 122).

No hemos avanzado todavía lo suficiente en prendas morales para comprender los misterios de Dios; pero cuando formemos parte de la familia del cielo esos misterios serán revelados ante nosotros. De los miembros de esa familia escribe Juan: "Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos... Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes".

Entonces se revelará mucho mediante explicaciones de asuntos en los cuales Dios guarda ahora silencio, porque no hemos atesorado ni apreciado lo que se ha dado a conocer de los misterios eternos. Serán aclarados los caminos de la Providencia; se revelarán los misterios de la gracia mediante Cristo. Será explicado lo que la mente ahora no puede captar, que es difícil de entender. Veremos orden en lo que ha parecido inexplicable; sabiduría en todo lo encubierto; bondad y bondadosa misericordia en todo lo impartido. La verdad será revelada en una sola línea ante la mente libre de oscuridad, y su brillo será perdurable. Se hará que el corazón cante de gozo. Terminarán para siempre los conflictos, y se resolverán todas las dificultades (Comentario bíblico adventista, tomo 6 p. 1091)


ENTREGA TOTAL
Martes 7 de diciembre

Admirable fue la hospitalidad manifestada al profeta de Dios por esta mujer fenicia, y admirablemente fueron recompensadas su fe y generosidad. "Y comió él, y ella y su casa, muchos días. Y la tinaja de la harina no escaseó, ni menguó la botija del aceite, conforme a la palabra de Jehová que había dicho por Elías (Profetas y reyes, p. 95)

El privilegio concedido a Abrahán y Lot no nos es negado. Manifestando hospitalidad a los hijos de Dios, nosotros también podemos recibir a sus ángeles en nuestras moradas. Aun en nuestro tiempo los ángeles entran en forma humana en los hogares de las gentes, y son agasajados por ellas. Y los cristianos que viven a la luz del rostro de Dios están siempre acompañados por ángeles invisible, y estos seres santos dejan tras sí una bendición en nuestros hogares (Joyas de los testimonios tomo 2 p 569)

En la parábola, la perla no es presentada como dádiva. El tratante la compró a cambio de todo lo que tenía. Muchos objetan el significado de esto, puesto que Cristo es presentado en las Escrituras como un don. El es un don, pero únicamente para aquellos que se entregan a él sin reservas, en alma, cuerpo y espíritu. Hemos de entregarnos a Cristo para vivir una vida de voluntaria obediencia a todos sus requerimientos. Todo lo que somos, todos los talentos y facultades que poseemos son del Señor, para ser consagrados a su servicio. Cuando de es-ta suerte nos entregamos por completo a él, Cristo, con todos los tesoros del cielo, se da a sí mismo a nosotros. Obtenemos la perla de gran precio.

La salvación es un don gratuito, y sin embargo ha de ser comprado y vendido. En el mercado administrado por la misericordia divina, la perla preciosa se representa vendiéndose sin dinero y sin precio. En este mercado, todos pueden obtener las mercancías del cielo. La tesorería que guarda las joyas de la verdad está abierta para todos. "He aquí he dado una puerta abierta delante de ti declara el Señor, la cual ninguno puede cerrar". Ninguna espada guarda el paso por esa puerta. Las voces que provienen de los que están adentro y de los que están a la puerta dicen: Ven. La voz del Salvador nos invita con amor fervoroso: "Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico" (Palabras de vida del Gran Maestro, p 88)

Dios no aceptará nada menos que una entrega sin reservas. Los cristianos indiferentes y pecaminosos nunca podrán entrar en el cielo. No encontrarían felicidad en él, porque no saben nada de los principios elevados y santos que gobiernan a los miembros de la familia real. El verdadero cristiano mantiene abiertas hacia el cielo las ventanas del alma. Vive en compañerismo con Cristo. Su voluntad se conforma a la de Cristo. Su mayor deseo es llegar a ser más y más semejante a él.

No podemos emplear al Espíritu Santo. El Espíritu ha de emplearnos a nosotros. Por el Espíritu obra Dios en su pueblo "así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Pero muchos no quieren someterse a eso. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celestial. Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que velan para tener su dirección y gracia, se da el Espíritu (Eventos de los últimos días, p196)


RECORDAR MIS INIQUIDADES (1 Reyes 17:17,18)
Miércoles 8 de diciembre

La verdadera santidad y humildad son inseparables. Mientras más cerca esté el alma de Dios, más completamente se humillará y someterá. Cuando Job oyó la voz desde el torbellino, exclamó: "Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:6). Cuando Isaías vio la gloria del Señor, y oyó a los querubines que clamaban: "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos", exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto" (Isaías 6:3, 5). Cuando fue visitado por el mensajero celestial, Daniel dijo: "Mi fuerza se cambió en desfallecimiento" (Daniel 10:8). Pablo después de haber sido arrebatado al tercer cielo y haber oído cosas que no es lícito que diga el hombre, habla de sí como menor "que el más pequeño de todos los santos" (Efesios 3:8). Fue el amado Juan, que se reclinaba sobre el regazo de Jesús, y contemplaba su gloria, quien cayó como muerto ante el ángel. Mientras más íntima y continuamente contemplemos a nuestro Salvador, menos procuraremos aprobarnos a nosotros mismos.

El que capta un destello del incomparable amor de Cristo, computa todas las otras cosas como pérdida, y considera al Señor como el principal entre diez mil... Cuando los serafines y querubines contemplan a Cristo, cubren su rostro con sus alas. No despliegan su perfección y belleza en la presencia de la gloria de su Señor. ¡Cuán impropio es, pues, que los hombres se exalten a sí mismos! (A fin de conocerle, p. 177)

Los serafines moran en la presencia de Jesús, no obstante cubren sus rostros y sus pies con sus alas; al ver al Rey en su hermosura, se cubren a sí mismos. Cuando Isaías vio la gloria de Dios, su alma se inclinó hasta el polvo, porque la clara visión que se le permitió presenciar también le mostró su verdadera condición. Cuando los rayos del Sol de justicia brillan sobre el alma tienen un efecto sobre la mente humana, porque la luz de la gloria de Dios revela todos los males escondidos y conducen al alma a una confesión humilde. Y cuanto más se revela la gloria de Cristo, tanto menos gloria encuentra el ser humano en sí mismo. Cuando se revela la deformidad del alma, la estima y la glorificación propias desaparecen. Muere el yo y vive Cristo
The Bible Echo, 3 de diciembre, 1894).

"Que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, de aquellos, digo, que me aborrecen". Es inevitable que los hijos sufran las consecuencias de la maldad de sus padres, pero no son castigados por la culpa de sus padres, a no ser que participen de los pecados de éstos. Sin embargo, generalmente los hijos siguen los pasos de sus padres. Por la herencia y por el ejemplo, los hijos llegan a ser participantes de los pecados de sus progenitores. Las malas inclinaciones, el apetito pervertido, la moralidad depravada, además de las enfermedades y la degeneración física, se transmiten como un legado de padres a hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Esta terrible verdad debiera tener un poder solemne para impedir que los hombres sigan una conducta pecaminosa (Patriarcas y profetas, pp. 313, 314).


FE PUESTA A PRUEBA

Jueves 9 de diciembre

En los días de Elías, Israel se había separado del Dios viviente. En vano el Señor había hablado mediante sus profetas a ese pueblo rebelde y apóstata; en vano había reprobado sus pecados y amenazado con sus juicios. El mensaje que debía haber tenido sabor de vida para vida, se transformó para ellos en sabor de muerte para muerte. En lugar de llevarlos al arrepentimiento y a una vida de humildad y fe, las palabras del profeta despertaron su orgullo y su odio contra el mensajero del Señor. De esa manera, multiplicaron sus pecados y agravaron la culpa que ya había traído los juicios de Dios sobre la tierra. Deseaban encontrar y destruir a Elías, como sí el silenciar al mensajero evitaría el cumplimiento de sus palabras. Pero Dios buscó un lugar secreto entre los paganos para esconder a su siervo.

A través de esta secuencia de eventos en la vida del profeta, el Señor reveló, como en un cuadro vivo, las dudas, cuestionamientos y apostasía de Israel en los días de Elías. Debido a la incredulidad y exaltación de la nación judía, fue necesario que Dios buscara asilo para su siervo entre los paganos. Pasando por alto a muchas viudas en Israel, lo confió al cuidado, la bondad y la liberalidad de una mujer pagana. Pero esa viuda que fue tan favorecida, había vivido de acuerdo a la luz que había recibido (Signs of the Times, 6 de junio, 1887).

Se creía generalmente entre los judíos que el pecado era castigado en esta vida. Se consideraba que cada aflicción era castigo de alguna falta cometida por el mismo que sufría o por sus padres. Es verdad que todo sufrimiento es resultado de la transgresión de la ley de Dios, pero esta verdad había sido falseada. Satanás, el autor del pecado y de todos sus resultados, había inducido a los hombres a considerar la enfermedad y la muerte como procedentes de Dios, como un castigo arbitrariamente infligido por causa del pecado. Por lo tanto, aquel a quien le sobrevenía una gran aflicción o calamidad debía soportar la carga adicional de ser considerado un gran pecador...

Dios había dado una lección destinada a prevenir esto. La historia de Job había mostrado que el sufrimiento es infligido por Satanás, pero que Dios predomina sobre él con fines de misericordia. Pero Israel no entendía la lección. Al rechazar a Cristo, los judíos repetían el mismo error por el cual Dios había reprobado a los amigos de Job (El Deseado de todas las gentes, p. 436)




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Guía de Estudio de la Biblia: "Personajes Secundarios del Antiguo Testamento" / Notas de Elena G. de White

Periodo: Trimestre 4 / octubre-diciembre de 2010
Autor: Gerald y Chantal Klingbeil, junto con sus tres hijas, Hanna, Sarah y Jemima, vivieron en África, Sudamérica, Europa y Asia. Actualmente, Gerald Klingbeil es un editor asociado de la Adventist Review (la Revista Adventista en inglés).
Dirección general: Clifford Goldstein
Dirección editorial: Marcos G. Blanco
Traducción y redacción editorial: Rolando A. Itin



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sábado, 20 de noviembre de 2010

Lección 9: Rizpa: La influencia de la fidelidad / Notas de Elena G. de White


Sábado 20 de noviembre

La atmósfera que nos rodea afecta consciente e inconscientemente a toda persona con la cual nos relacionamos... Nuestras palabras, nues­tros actos, nuestro vestido, nuestra conducta, hasta la expresión de nues­tro rostro, tienen influencia... Cada impulso impartido de ese modo es una semilla sembrada que producirá su cosecha. Es un eslabón de la larga cadena de los acontecimientos humanos, que se extiende hasta no sabemos dónde. Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a desarrollar buenos principios, les damos poder para hacer el bien. Ellos a su vez ejercen la misma influencia sobre otros, y éstos sobre otros más. De este modo, miles pueden ser bendecidos por nuestra influencia inconsciente.

Arrojad una piedrecita al lago y se formará una onda, y otra y otra, y a medida que crecen éstas, el círculo se agranda hasta que llega a la costa misma. Lo mismo ocurre con nuestra influencia. Más allá del alcance de nuestro conocimiento o dominio, se extiende sobre otros como una bendición o una maldición...

Y cuanto más amplia es la esfera de nuestra influencia, mayor bien podemos hacer. Cuando los que profesan servir a Dios sigan el ejemplo de Cristo practicando los principios de la ley en su vida diaria; cuando cada acto dé testimonio de que aman a Dios más que todas las cosas y a su prójimo como a ellos mismos, entonces la iglesia tendrá poder para conmover al mundo (Meditaciones matinales 1952, p. 124).


LAS CONCUBINAS DEL REY
Domingo 21 de noviembre

La poligamia se practicó desde tiempos muy antiguos. Fue uno de los pecados que trajo la ira de Dios sobre el mundo antediluviano y sin embargo, después del diluvio esa práctica volvió a extenderse. Hizo Satanás un premeditado esfuerzo para corromper la institución del matrimonio, debilitar sus obligaciones, y disminuir su santidad; pues no hay forma más segura de borrar la imagen de Dios en el hombre, y abrir la puerta a la desgracia y al vicio (Patriarcas y profetas, p. 350).

[El rey David] Finalmente cayó en la práctica común de los reyes que estaban a su alrededor: la pluralidad de esposas; y su vida fue amar­gada por los malos resultados de la poligamia. Su primer error fue el de tomar más de una esposa, alejándose así de la sabia disposición de Dios.
Esta desviación de lo recto preparó el camino para errores mayores. Las naciones idólatras consideraban que poseer muchas mujeres constituía una adición a su honor y dignidad, y David llegó a considerar como un honor para su trono poseer muchas esposas. Pero pudo ver la desdicha­da consecuencia de tal decisión en la infeliz discordia, la rivalidad y los celos que se manifestó entre sus numerosas esposas y el gran número de hijos (Testimonios acerca de conducta sexual, p. 105).

En el principio Dios dio a Adán una sola esposa, para manifestarle cuál era su plan. Nunca quiso el Señor que el hombre tuviera varias mujeres. Lamec fue el primero que se apartó en este aspecto del sabio plan de Dios. Tuvo dos esposas, que causaron discordia en su familia. La envidia y los celos de ambas lo hicieron infeliz. Cuando los hom­bres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas, cada uno tomó para sí tantas esposas como le parecía. Ese fue uno de los grandes pecados de los habitantes del mundo antiguo, que atrajo sobre ellos la ira de Dios. Esa costumbre fue practicada después del diluvio, y se hizo tan común que aún algunos justos la siguieron y tuvieron varias esposas. Sin embargo, no fue menor su pecado, porque se corrompieron y se apartaron en ese aspecto de la orden de Dios.

El Señor dijo a Noé y a su familia, los que se salvaron en el arca: "Porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación" (Génesis 7:1). Noé tenía una sola esposa, y su familia unida y disciplinada reci­bió la bendición de Dios. Porque los hijos de Noé también eran justos fueron preservados en el arca con su justo padre. Dios no sancionó la poligamia en ningún caso. Va contra su voluntad. Sabía que destruiría la felicidad del hombre. La paz de Abrahán fue malograda en gran medida gracias a su infeliz unión con Agar (La historia de la redención, pp. 77, 78).


LA MENCIÓN DE SU NOMBRE
Lunes 22 de noviembre

Hubo una larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David porque Abner estaba determinado a lograr su objetivo a cualquier costo. La pregunta es: "¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?" (S. Lucas 9:25). En tal caso, el éxito es un terrible desastre. Es mejor humillarse y perder los grandes títulos, que arriesgar la pérdida del alma; es mejor llevar la cruz, perder el apoyo del mundo y de los príncipes, que perder el apoyo del cielo. Abner deseaba el honor y quería lograrlo de cualquier manera. David lo había reprobado delante del pueblo, y su espíritu orgulloso no podía soportarlo. Su malicia y su odio se manifestaban contra aquel que había descubierto los puntos débiles de su carácter.

En estos últimos días, los que Dios ha puesto en posiciones de liderazgo experimentarán las mismas pruebas que le sobrevinieron a David, el siervo de Dios. Muchos odian el reproche y las amonestaciones, y sus corazones no reciben las advertencias con agradecimiento. Como ocurrió con Abner, se despierta en ellos un espíritu de malicia contra quienes deben reprocharlos.

Satanás parece trabajar especialmente con aquellos que desean tener altos puestos de confianza y responsabilidad, pero que no están capacitados para hacerlo. Prefieren ser exaltados incluso por los enemigos de la verdad, y ser considerados por el cielo como pobres, desventurados y miserables, que sentirse humillados por no ser elegidos como líderes entre los siervos de Dios. Incluso están dispuestos a separarse del cuerpo de creyentes y negar la fe que antes proclamaban. Dejan de lado uno de los mandatos divinos y se exaltan a sí mismos aunque tengan que seguir los caminos del mundo. En cambio, los que caminan humildemente ante el Señor y cumplen sus requerimientos, serán exaltados a su debido tiempo (Signs of the Times, 15 de junio, 1888).

Por último, la perfidia derrocó el trono que la malicia y la ambición habían establecido. Abner, indignado contra la debilidad y la incompe­tencia de Is-boseth, desertó y se pasó a las filas de David, con el ofre­cimiento de traerle todas las tribus de Israel. Las propuestas que hizo Abner fueron aceptadas por el rey, quien lo despachó con honor para que llevara a cabo su propósito. Pero el favorable recibimiento de un guerrero tan valiente y tan famoso despertó los celos de Joab, el coman­dante en jefe del ejército de David. Había pendiente una cuenta de san­gre entre Abner y Joab. El hermano de éste, Asael, había sido muerto por aquél, durante la guerra entre Israel y Judá. Ahora Joab, viendo una oportunidad de vengar la muerte de su hermano y de deshacerse de un posible rival, vilmente aprovechó la oportunidad de acechar y asesinar a Abner (Patriarcas y profetas, pp. 756, 757).

Para evitar que Absalón retrocediera, Ahitofel le aconsejó una acción que en los ojos de toda la nación haría imposible la reconcilia­ción. Con astucia infernal, este estadista mañoso y sin principios instó a Absalón que añadiera el crimen del incesto al de la rebelión. A la vista de todo Israel, había de tomar para sí todas las concubinas de su padre, según la costumbre de las naciones orientales, declarando así que había sucedido al trono de su padre. Y Absalón llevó a cabo esa vil sugestión.

Así se cumplió la palabra que Dios había dirigido a David por medio del profeta: "He aquí yo levantaré sobre ti el mal de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo... Porque tú lo hiciste en secreto: mas yo haré esto delante de todo Israel, y delante del sol" (2 Samuel 12:11,12). No era que Dios instigara estos actos de impiedad; sino que a causa del pecado de David, el Señor no ejerció su poder para evitarlos.

Ahitofel había sido muy estimado por su sabiduría, pero le faltaba la luz que viene de Dios. "El temor de Jehová es el principio de la sabi­duría" (Proverbios 9:10), y este temor, Ahitofel no lo poseía; de otra manera difícilmente habría fundado el éxito de la traición en el crimen del incesto (Patriarcas y profetas, pp. 799, 800).


¿OJO POR OJO A UNA SOLUCIÓN CONVENIENTE?
Martes 23 de noviembre

Cuando hemos procurado presentar la reforma pro salud a nuestros hermanos, y les hemos hablado de la importancia del comer y beber, y hacer para gloria de Dios todo lo que hacen, muchos han dicho por sus acciones: "A nadie le importa si como esto o aquello; nosotros mismos hemos de soportar las consecuencias de lo que hacemos". Estimados amigos, estáis muy equivocados. No sois los únicos que han de sufrir a consecuencia de una conducta errónea. En cierta medida, la sociedad a la cual pertenecéis sufre por causa de vuestros errores tanto como vosotros mismos.

Si sufrís como resultado de vuestra intemperancia en la comida y la bebida, los que estamos en derredor vuestro o nos relacionamos con vosotros, también quedamos afectados por vuestra flaqueza. Hemos de sufrir por causa de vuestra conducta errónea. Si ella contribuye a dis­minuir vuestras facultades mentales o físicas, y lo advertimos cuando estamos en vuestra compañía, quedamos afectados por ello. Si en vez de tener espíritu animoso, sois presa de la lobreguez, ensombrecéis el ánimo de todos los que os rodean. Si estamos tristes, deprimidos y angustiados, vosotros, si gozarais de salud, podríais tener una mente clara que nos mostrase la salida y dirigiese una palabra consoladora. Pero si vuestro cerebro está nublado como resultado de vuestra errónea manera de vivir, a tal punto que no podéis darnos el consejo correcto, ¿no sufrimos acaso una pérdida? ¿No nos afecta seriamente vuestra influencia? Tal vez tengamos mucha confianza en vuestro juicio y deseemos vuestro consejo, porque "en la multitud de consejeros hay salud" (Proverbios 11:14) (Consejos sobre la salud, pp. 45, 46).

Adán y Eva se persuadieron a sí mismos de que un acto tan insigni­ficante como comer de la fruta prohibida no podía producir como resul­tado consecuencias tan terribles como las que Dios les había anunciado. Pero ese pequeño acto era pecado, la transgresión de la ley inmutable y santa de Dios, y abrió las compuertas de la muerte y de indecible cala­midad para nuestro mundo. Siglo tras siglo han ascendido del mundo continuas exclamaciones de duelo, y toda la creación gime y se retuerce de dolor como consecuencia de la desobediencia del hombre. El cielo mismo ha sentido los efectos de su rebelión contra Dios. El Calvario se yergue como un monumento del asombroso sacrificio requerido como propiciación por la transgresión de la ley divina. No estimemos el pecado como una cosa trivial. Las manos, los pies y el costado del Hijo del Dios infinito, ¿no constituyen un testimonio eterno ante el universo de la malignidad y maldición del pecado? (A fin de conocerle, p. 257).

En estas historias hay lecciones que el pueblo de Dios de la actua­lidad debiera aprender. Hay pecados entre los miembros de la iglesia, tales como la envidia, el engaño, el fraude y la falsedad, que si no son reprendidos por aquellos que tienen autoridad en la iglesia, el Señor puede retener sus bendiciones, y los inocentes sufrirán con los culpa­bles. Los oficiales de iglesia deben ser fervientes y enérgicos en corre­gir y condenar los males que aparezcan, y tomar medidas para evitarlos. Deben hacerlo con mansedumbre y humildad, y con el deseo de que Dios sea glorificado, evitando actuar con egoísmo, celos o prejuicios personales. Los abusos inhumanos, los tratos fraudulentos, el libertinaje y la prevaricación, no deben ser excusados porque desmoralizarán a la iglesia. El pecado puede ser llamado con otros nombres para buscar posibles excusas o pretender buenos motivos, pero eso no lo hace menos culpable a la vista de Dios. El pecado es siempre ofensivo para él, y merecerá su castigo (Signs of the Times, 20 de enero, 1881).


LA FIDELIDAD EN LA MANERA DE VIVIR
Miércoles24 de noviembre

Considerad esta obra como la obra del Señor y realizadla con dedi­cación y paciencia. En esto consiste un servicio genuino que el Maestro aprobará. Trabajad con un claro sentido de obligación, sabiendo que los ángeles de Dios están presentes para colocar el sello del cielo sobre la fidelidad y para condenar la infidelidad en cualquier forma.

El emprender valerosamente la tarea que necesita realizarse y el colocar el corazón en ella, convierten la obra en un placer y aseguran el éxito. Así Dios es glorificado...

Al realizar fervorosamente vuestra parte, vuestra mente se asimila­rá a la mente de Cristo. Mediante oraciones y súplicas buscad la bendi­ción prometida. Pedid a Dios que os dé una verdadera comprensión del trabajo que debe realizarse. No os permitáis ser apartados o estorbados por ninguna influencia contraria. Llevad a cabo fielmente vuestra parte en la tarea de llevar bendición a vuestros semejantes. Alabad a Dios por el privilegio de colaborar con él en su obra. Al dedicaros de todo cora­zón a la obra que debe realizarse entraréis en una relación de verdadero compañerismo con vuestros compañeros en la obra. Veréis a Cristo en vuestros hermanos...

Todos los deberes en los que no se pone el corazón resultan fasti­diosos. Hay una obra que debe realizarse y debemos dedicarnos de todo corazón a la realización de esa tarea. Los deberes que Dios coloca en nuestro camino debemos realizarlos, no como un ejercicio frío y pesa­do, sino como un servicio de amor. Colocad en vuestro trabajo vuestras facultades y simpatías más elevadas. Y encontraréis que Cristo está en él. Su presencia aligerará la tarea y vuestro corazón se llenará de gozo. Trabajaréis en armonía con Dios, y con lealtad, amor y fidelidad.

Debemos ser cristianos fervorosos y sinceros, debemos realizar fielmente los deberes puestos en nuestras manos y contemplar siempre a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Nuestra recompensa no depende de nuestro éxito aparente sino del espíritu con el cual trabaja­mos (El evangelismo, p. 468).

Por medio de la fidelidad en las cosas pequeñas llegamos a ser centinelas en quienes se puede confiar. Guárdese cuidadosamente con­tra las pequeñas irritaciones. No permita que acosen su alma, y ganará muchas victorias. Y cuando le sobrevengan tribulaciones más grandes estará preparado para resistir al enemigo valerosa y noblemente... Cada alma hereda ciertos rasgos anticristianos de carácter. Es obra grande y noble de toda la vida el mantener bajo control esas tendencias hacia el mal. Son las cosas pequeñas que cruzan nuestra senda las que proba­blemente nos hacen perder el poder del dominio propio (En lugares celestiales, p. 231).

No hay nada insignificante en la obra de Dios, y la fidelidad con que se la hace, más que la cantidad hecha, determina la recompensa de cada cual (Cada día con Dios, p. 80).

El creer en la próxima venida del Hijo del hombre en las nubes de los cielos no inducirá a los verdaderos cristianos a ser descuidados y negligentes en los asuntos comunes de la vida. Los que aguardan la pronta aparición de Cristo no estarán ociosos. Por lo contrario, serán diligentes en sus asuntos. No trabajarán con negligencia y falta de honradez sino con fidelidad, presteza y esmero. Los que se lisonjean de que el descuido y la negligencia en las cosas de esta vida son evidencia de su espiritualidad y de su separación del mundo incurren en un gran error. Su veracidad, fidelidad e integridad se prueban mediante las cosas temporales. Si son fieles en lo poco, lo serán en lo mucho (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 509).


EDIFICANDO UNA NACION
Jueves 25 de noviembre

Después de la muerte de Is-boseth, hubo entre todos los hombres principales de Israel el deseo general de que David reinase sobre todas las tribus. "Y vinieron todas las tribus de Israel a David en Hebrón, y hablaron, diciendo: He aquí nosotros somos tus huesos y tu carne". Declararon además: "Tú sacabas y volvías a Israel. Además Jehová te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, y tú serás sobre Israel príncipe. Vinieron pues todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos alianza en Hebrón delante de Jehová". Así fue abierto por la providencia de Dios el camino que le condujo al trono. No tenía ambición personal que satisfacer, puesto que no había buscado el honor al cual se le había llevado.

Más de ocho mil de los descendientes de Aarón y de los levitas acompañaban a David. El cambio que experimentaron los sentimientos del pueblo fue pronunciado y decisivo. La revolución se llevó a cabo con calma y dignidad como convenía a la gran obra que se estaba haciendo. Cerca de medio millón de los antiguos súbditos de Saúl llena­ron Hebrón y sus inmediaciones. Las colinas y los valles rebosaban de multitudes. Se designó la hora para la coronación; el hombre que había sido expulsado de la corte de Saúl, que había huido a las montañas, las colinas y las cuevas de la tierra para salvar la vida iba a recibir el honor más alto que puedan conferir a hombre alguno sus semejantes. Los sacerdotes y los ancianos, vestidos con los hábitos de su sagrado oficio, los capitanes y los soldados con relumbrantes lanzas y yelmos, y los forasteros de lejanas comarcas, estaban allí para presenciar la coronación del rey escogido.

David estaba vestido con el manto real. El sumo sacerdote derramó el aceite sagrado sobre su frente, pues la unción hecha por Samuel había sido profético de lo que sucedería en la coronación del rey. La hora había llegado, y por este rito solemne David fue consagrado en su cargo como vicegerente de Dios. El cetro fue puesto en sus manos. Se escri­bió el pacto de su justa soberanía, y el pueblo formuló sus promesas de lealtad. Se le colocó la diadema en la frente, y así terminó la ceremonia de la coronación. Israel tenía ahora un rey designado por Dios. El que había esperado pacientemente al Señor, vio cumplirse la promesa de Dios. "Y David iba creciendo y aumentándose, y Jehová Dios de los ejércitos era con él." (Patriarcas y profetas, pp. 759, 760).

Solamente por la gracia de Dios podemos emplear debidamente este don. No hay nada en nosotros mismos por lo cual podamos ejercer sobre otros influencia para bien. Al comprender nuestra impotencia y nuestra necesidad del poder divino, no confiaremos en nosotros mis­mos. No sabemos qué resultados traerá un día, una hora o un momento, y nunca debiéramos comenzar el día sin .encomendar nuestros caminos a nuestro Padre celestial. Sus ángeles están comisionados para velar por nosotros, y si nos sometemos a su custodia, entonces en cada ocasión de peligro estarán a nuestra diestra. Cuando inconscientemente estamos en peligro de ejercer una mala influencia, los ángeles estarán a nuestro lado, induciéndonos a un mejor proceder, escogiendo las palabras por nosotros, e influyendo en nuestras acciones. En esta forma, nuestra influencia puede llegar a ser un gran poder, aunque silencioso e incons­ciente, para llevar a otros a Cristo y al mundo celestial (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 276, 277).




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Guía de Estudio de la Biblia: "Personajes Secundarios del Antiguo Testamento" / Notas de Elena G. de White

Periodo: Trimestre 4 / octubre-diciembre de 2010
Autor: Gerald y Chantal Klingbeil, junto con sus tres hijas, Hanna, Sarah y Jemima, vivieron en África, Sudamérica, Europa y Asia. Actualmente, Gerald Klingbeil es un editor asociado de la Adventist Review (la Revista Adventista en inglés).
Dirección general: Clifford Goldstein
Dirección editorial: Marcos G. Blanco
Traducción y redacción editorial: Rolando A. Itin

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