sábado, 21 de febrero de 2009

Lección 9: La integridad del don profético / Notas de Elena de White

Sábado 21

Dios nunca ha dejado a su iglesia sin un testigo. En todas las escenas de prueba, de oposición y persecución, en medio de las tinieblas morales por las cuales pasó la iglesia, Dios ha tenido hombres de oportunidad que han sido preparados para asumir su obra en diferentes etapas, y hacerla avanzar hacia adelante y hacia arriba. Por medio de los patriarcas y de los profetas él reveló su verdad a su pueblo. Cristo era el Maestro de su pueblo de antaño tan ciertamente como estaba vestido de los atavíos de la humanidad cuando vino al mundo. Escondiendo su gloria en la forma humana, a menudo apareció a su pueblo y habló con sus hijos "cara a cara, como habla cualquiera a su compañero". Él, el invisible Director, fue envuelto en la columna de fuego y en la columna de nube, y habló a su pueblo por medio de Moisés. La voz de Dios se escuchó por medio de los profetas a quienes señaló para una obra especial y para llevar un mensaje particular. Los envió a repetir las mismas palabras reiteradamente. Tenía un mensaje preparado para ellos que no era según los caminos y la voluntad de los hombres, y lo puso en sus bocas e hizo que lo proclamaran. Les aseguró que el Espíritu Santo les daría palabras y expresión. Aquel que conocía el corazón quería darles palabras con las cuales alcanzar a la gente.

El mensaje podría no agradar a aquellos a quienes era enviado. Ellos podrían no querer nada nuevo, sino desear continuar haciendo lo que hasta entonces habían hecho; pero el Señor los conmovió con reprensiones; reprochó su conducta. Infundió nueva vida en los que estaban durmiendo en su puesto de deber, en los que no eran centinelas fieles. Les mostró su responsabilidad, y que se los tendría por responsables de la seguridad del pueblo. Eran centinelas que no habían de dormir ni de día ni de noche. Habían de discernir al enemigo, y dar la alarma al pueblo, para que cada uno estuviera en su puesto, a fin de que el enemigo vigilante no lograra obtener la menor ventaja (Testimonios para los ministros, pp. 411, 412).

La Integridad del Profeta.
Domingo 22

Aunque en un momento de debilidad Josafat había prometido temerariamente unirse al rey de Israel en su guerra contra los sirios, su mejor criterio le indujo a procurar el conocimiento de la voluntad de Dios acerca de la empresa. Sugirió a Acab: "Ruégote que consultes hoy la palabra de Jehová. En respuesta, Acab convocó a cuatrocientos de los falsos profetas de Samaria y les preguntó: "¿Iremos a la guerra contra Ramoth de Galaad, o estaréme yo quieto?" Ellos contestaron: "Sube, que Dios los entregará en mano del rey" (2 Crónicas 18:4,5).

Como no estaba satisfecho con esto, Josafat intentó conocer con certidumbre la voluntad de Dios. Averiguó: "¿Hay aún aquí algún profeta de Jehová, para que por él preguntemos?" Contestó Acab: "Aún hay un varón por el cual podríamos consultar a Jehová, Micheas, hijo de Imla: mas yo le aborrezco, porque nunca me profetiza bien, sino solamente mal". Josafat manifestó firmeza en su pedido de que se llamase al varón de Dios; y cuando éste compareció delante de ellos y Acab le abjuró que hablase "sino la verdad en el nombre de Jehová", Micheas dijo: "Yo vi a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor: y Jehová dijo: Éstos no tienen señor: vuélvase cada uno a su casa en paz" (1 Reyes 22:8, 16, 17).

Las palabras del profeta debieran haber bastado para indicar a los reyes que su proyecto no tenía el favor del Cielo; pero ni uno ni otro de los gobernantes se sentían inclinados a escuchar la advertencia. Acab había trazado su conducta, y estaba resuelto a seguirla. Josafat había dado su palabra de honor: "Iremos contigo a la guerra" (2 Crónicas 18:3); y después de hacer una promesa tal, no quería retirar sus fuerzas. "Subió pues el rey de Israel con Josaphat rey de Judá a Ramoth de Galaad" (1 Reyes 22:29).

Durante la batalla que siguió, Acab fue alcanzado por una saeta, y murió al atardecer. "Y a puesta del sol salió un pregón por el campo, diciendo: ¡Cada uno a su ciudad, y cada cual a su tierra!". Así se cumplió la palabra del profeta.

Después de esta batalla desastrosa, Josafat volvió a Jerusalén. Cuando se acercaba a la ciudad, el profeta Jehú se le acercó' con este reproche: "¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? Pues la ira de la presencia de Jehová será sobre ti por ello. Empero se han hallado en ti buenas cosas, porque cortaste de la tierra los bosques, y has apercibido tu corazón a buscar a Dios" (2 Crónicas 19:2, 3) (Profetas y reyes, pp. 144, 145).

Se decidió que fuese a Roxbury y diera mi mensaje. Me encontré con una gran cantidad de personas que se habían reunido en una casa privada, y aunque me daba cuenta que estos hermanos y hermanas se oponían, de todas maneras declaré el impopular mensaje. Mientras estaba hablando, una hermana que se había opuesto a mis testimonios se levantó y me interrumpió; tomó mi mano y me dijo: "Yo había declarado que era el diablo quien la había enviado, pero ahora no tengo más dudas; usted realmente es una hija de Dios y él la ha enviado". Todos los presentes fueron grandemente bendecidos, confortados y consolados mediante la presencia del poder divino. El que dirigía la reunión se levantó, y con el rostro radiante de gozo, dijo: "El mismo poder que está presente aquí, estuvo con la verdad en 1844. No podemos pedir un campo más propicio que éste para nuestra liberación".

Después de esta visita fuimos a la casa del hermano Nichols en Dorchester, donde se había levantado un gran interés. El hermano que había dirigido la reunión en Roxbury dio nuevamente su testimonio diciendo que con las bendiciones y la fuerza espiritual que había recibido podía andar por cuarenta días. Sin embargo, otro hermano que se oponía, comenzó a ejercer su influencia diciendo mentiras acerca de mí y logró que el hermano que había dado su testimonio tan feliz comenzará a preocuparse, confundirse y desviarse de tal manera que finalmente aceptó la idea de que Cristo había aparecido espiritualmente en su segunda venida (Life Sketches, edición 1888, pp. 227,228)

La Integridad del Mensaje.
Lunes 23

Durante cuarenta años iba a destacarse Jeremías delante de la nación como testigo por la verdad y la justicia. En un tiempo de apostasía sin igual, iba a representar en su vida y carácter el culto del único Dios verdadero. Durante los terribles sitios que iba a sufrir Jerusalén, sería el portavoz de Jehová. Habría de predecir la caída de la casa de David, y la destrucción del hermoso templo construido por Salomón. y cuando fuese encarcelado por sus intrépidas declaraciones, seguiría hablando claramente contra el pecado de los encumbrados. Despreciado, odiado, rechazado por los hombres, iba a presenciar finalmente el cumplimiento literal de sus propias profecías de ruina inminente, y compartir el pesar y la desgracia que seguirían a la destrucción de la ciudad condenada.

Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y transplantado de nuevo a Sión. Previó el tiempo en que el Señor renovaría su pacto con ellos, y dijo: "Su alma será como huerto de riego, ni nunca más tendrán dolor" (Jeremías 31:12) (Profetas y reyes, pp. 299, 300).

Fue más o menos en aquel tiempo cuando el Señor ordenó a Jeremías que escribiera los mensajes que deseaba dar a aquellos por cuya salvación se conmovía de continuo su corazón compasivo. El Señor ordenó a su siervo: "Tómate un rollo de libro, y escribe en él todas las palabras que te he hablado contra Israel y contra Judá, y contra todas las gentes, desde el día que comencé a hablarte, desde los días de Josías hasta hoy. Quizá oirá la casa de Judá todo el mal que yo pienso hacerles, para volverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado" (Jeremías 36:2, 3). Obedeciendo a esta orden, Jeremías llamó en su auxilio a un amigo fiel, el escriba Baruc, y le dictó "todas las palabras que Jehová le había hablado". Estas palabras se escribieron cuidadosamente en un rollo de pergamino, y constituyeron una solemne reprensión del pecado, una advertencia del resultado seguro que tendría la continua apostasía, y una ferviente súplica a renunciar a todo mal (Patriarcas y profetas, p. 319).

Se ha decidido en concilio que yo escriba sobre la vida de Cristo; ¿pero cómo podré hacer mejor que en lo pasado? Se me presentan preguntas, y la verdadera condición de las cosas aquí y allá, y esto me preocupa...

Apenas he escrito algo sobre la vida de Cristo, y a menudo me he visto obligada a pedirle ayuda a Marian, a pesar de la tarea sobre la vida de Cristo que a ella le toca compaginar bajo grandes dificultades, reuniendo pasajes de todos mis escritos, un poco aquí y un poco allá, para organizar el tema lo mejor que ella puede. Pero ella tiene buena disposición de trabajar, si sólo yo pudiera sentirme libre de conceder mi atención completa al trabajo. Ella tiene una mente educada y preparada para este trabajo; y ahora yo creo, como he pensado ya cientos de veces, que podré, después de que despache este correo [a los Estados Unidos], abordar la vida de Cristo y seguir adelante con la tarea, si el Señor lo quiere.

Marian está trabajando con gran desventaja. Encuentro sólo poco tiempo para dedicarlo a escribir sobre la vida de Cristo. Continuamente estoy recibiendo cartas que requieren respuesta, y no me atrevo a descuidar los importantes asuntos que se me presentan. Además, hay iglesias que visitar, testimonios privados que escribir y muchas otras cosas que deben ser atendidas, que me apremian y consumen mi tiempo. Marian lee atentamente todas las cartas que escribo a otros para encontrar frases que ella pueda usar acerca de la vida de Cristo. Ella ha estado reuniendo de todas las fuentes posibles, todo lo que tiene relación con las lecciones que Cristo dio a los discípulos. Después de que termine el congreso campestre, el cual es una reunión muy importante, me quedaré en algún lugar donde pueda consagrarme a la tarea de escribir sobre la vida de Cristo (Mensajes selectos, t. 3, pp. 131, 132).

“Así Dice Jehová”.
Martes 24

Dondequiera se llevaba a cabo en Israel el plan educativo de Dios, se veía, por sus resultados, que él era su Autor. Sin embargo, en muchas casas, la educación indicada por el Cielo y los caracteres según ella desarrollados, eran igualmente raros. Se llevaba a cabo parcial e imperfectamente el plan de Dios. A causa de la incredulidad y el descuido de las instrucciones dadas por el Señor, los israelitas se rodearon de tentaciones que pocos tenían el poder de resistir. Cuando se establecieron en Canaán, "no destruyeron a los pueblos que Jehová les dijo; antes se mezclaron, con las naciones, y aprendieron sus obras, y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina". Su corazón no era recto con Dios, "ni estuvieron firmes en su pacto. Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía; y apartó muchas veces su irá...

Se acordó de que eran carne, soplo que va y no vuelve". Los padres y las madres israelitas llegaron a ser indiferentes a su obligación hacia Dios y sus hijos. A causa de la infidelidad observada en el hogar, y las influencias idólatras del exterior, muchos jóvenes hebreos recibieron una educación que difería grandemente de la que Dios había ideado para ellos, y siguieron los caminos de los paganos.

A fin de contrarrestar este creciente mal, Dios proveyó otros instrumentos que ayudaran a los padres en la obra de la educación. Desde los tiempos más remotos se había considerado a los profetas como maestros divinamente designados. El profeta era, en el sentido más elevado, una persona que hablaba por inspiración directa, y comunicaba al pueblo los mensajes que recibía de Dios. Pero también se daba este nombre a los que, aunque no eran tan directamente inspirados, eran divinamente llamados a instruir al pueblo en las obras y los caminos de Dios. Para preparar esa clase de maestros, Samuel fundó, de acuerdo con la instrucción del Señor, las escuelas de los profetas (La educación, pp. 45, 46).

Recomiendo al amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica. Por esa Palabra hemos de ser juzgados. En ella Dios ha prometido dar visiones en los "postreros días", no para tener una nueva norma de fe, sino para consolar a su pueblo y para corregir a los que se apartan de la verdad bíblica. Así obró Dios con Pedro cuando estaba por enviado a predicar a los gentiles.

El Señor desea que estudiéis vuestras Biblias. Él no ha dado ninguna luz adicional para tomar el lugar de la Palabra. Esta luz se da con el propósito de concentrar en su Palabra las mentes confundidas, y si se asimila y digiere es la sangre y la vida del alma. Entonces se verán buenas obras cuando la luz brilla en las tinieblas (Mensajes selectos, 1. 3, p. 31).

Dios me ha dado una notable y solemne experiencia en relación con su obra; podéis tener la seguridad de que mientras tenga vida, no cesaré de elevar una voz de amonestación según sea impresionada por el Espíritu de Dios, quieran o no los hombres oída o tolerada. No tengo sabiduría especial en mí misma; soy tan sólo un instrumento en las manos del Señor para hacer la obra que él me ha asignado. Las instrucciones que he dado por pluma o voz han sido una expresión de la luz que Dios me ha dado. He presentado los principios que el Espíritu de Dios ha estado grabando durante años en mi mente y escribiendo en mi corazón (Joyas de los testimonios, 1. 2, pp. 301, 302).

Crecimiento en Comprensión.
Miércoles 25

Con fervor [Daniel] solicitó que se le permitiera conocer el significado de la visión. No podía comprender la relación que pudiera haber entre los setenta años de cautiverio, predichos por Jeremías, y los dos mil trescientos años que, según oyó en visión, el visitante celestial anunciaba como habiendo de transcurrir antes de la purificación del santuario. El ángel Gabriel le dio una interpretación parcial; pero cuando el profeta oyó las palabras: "La visión... es para muchos días", se desmayó. Anota al respecto: "Yo Daniel fui quebrantado, y estuve enfermo algunos días: y cuando convalecí, hice el negocio del rey; mas estaba espantado acerca de la visión, y no había quien la entendiese" (Daniel 8:26, 27).

Todavía preocupado acerca de Israel, Daniel estudió nuevamente las profecías de Jeremías. Éstas eran muy claras, tan claras, en realidad, que por los testimonios registrados en los libros entendió "el número de los años, del cual habló Jehová al profeta Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años." (Daniel 9:2).

Con una fe fundada en la segura palabra profética, Daniel rogó al Señor que estas promesas se cumpliesen prestamente. Rogó que el honor de Dios fuese preservado. En su petición se identificó plenamente con aquellos que no habían cumplido el propósito divino, y confesó los pecados de ellos como propios...

El Cielo se inclina para oír la ferviente súplica del profeta. Aun antes que haya terminado su ruego por perdón y restauración, se le aparece de nuevo el poderoso Gabriel y le llama la atención a la visión que había visto antes de la caída de Babilonia y la muerte de Belsasar. Y luego le esboza en detalle el período de las setenta semanas, que había de empezar cuando fuese dada "la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén" (Profetas y reyes, pp. 406, 407).

Los mismos discípulos manifestaban aprecio por la ley ceremonial y estaban dispuestos a hacer concesiones para ganarse la confianza del pueblo, remover sus prejuicios y ganados a la fe en Cristo como el Redentor del mundo. El gran objetivo de Pablo al visitar Jerusalén era buscar un consenso con la iglesia en Palestina. Sabía que mientras los líderes estuviesen prejuiciados contra él, ejercerían una influencia negativa. Si podía llevados a ellos a comprender la verdadera doctrina, aunque tuviese que hacer algunas concesiones que no afectaban la verdad, removería un gran obstáculo para el éxito del evangelio en otros lugares. Pero él no estaba autorizado por Dios para aceptar todo lo que ellos pedían; algunas de las leyes ceremoniales que ellos querían preservar no estaban en armonía con las enseñanzas del evangelio. Sus consejeros no eran infalibles. Aunque algunos de ellos escribían bajo la inspiración del Espíritu de Dios, cuando no estaban bajo su influencia, podían errar. Debe recordarse que, en una ocasión, Pablo debió enfrentar a Pedro directamente, pues actuaba de una manera incorrecta (Sketch es From the Life ofPaul, pp. 213, 214).

Cuando los Profetas lo Entienden Mal.
Jueves 26

El tabernáculo construido por Moisés, con todo lo que pertenecía al servicio del santuario, a excepción del arca, estaba aún en Gabaa. David quería hacer de Jerusalén el centro religioso de la nación. Había construido un palacio para sí, y consideraba que no era apropiado que el arca de Dios reposara en una tienda. Resolvió construirle un templo de tal suntuosidad que expresara cuánto apreciaba Israel el honor otorgado a la nación con la presencia permanente de su Rey Jehová. Cuando comunicó su propósito al profeta Natán, recibió esta respuesta alentadora: "Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, que Jehová es contigo".

Pero esa noche llegó a Natán la palabra de Jehová y le dio un mensaje para el rey. David no había de tener el privilegio de construir una casa para Dios, pero le fue asegurado el favor divino, a él, a su posteridad y al reino de Israel: "Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé de la majada, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; y he sido contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he talado todos tus enemigos, y te he hecho nombre grande, como el nombre de los grandes que son en la tierra. Además yo fijaré lugar a mi pueblo Israel, yo lo plantaré, para que habite en su lugar, y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan mas, como antes" (Véase 2 Samuel 7) ...

Aunque le fue negado el permiso para ejecutar el propósito que había en su corazón, David recibió el mensaje con gratitud "Señor Jehová -exclamó- ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me traigas hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues que también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir", y renovó su pacto con Dios.

David sabía que sería un honor para él, y que reportaría gloria a su gobierno, el llevar a cabo la obra que se había propuesto en su corazón; pero estaba dispuesto a someterse a la voluntad de Dios.

Muy raras veces se ve aun entre los cristianos la resignación agradecida que él manifestó. ¡Cuán a menudo los que sobrepasaron los años de más vigor en la vida se aferran a la esperanza de realizar alguna gran obra a la que aspiran de todo corazón, pero para la cual no están capacitados! Es posible que la providencia de Dios les hable, tal como le habló su profeta a David y les advierta que la obra que tanto desean no les ha sido encomendada. Les toca preparar el camino para que otro realice la obra. Pero en vez de someterse con agradecimiento a la dirección divina, muchos retroceden como si fueran menospreciados y rechazados, y deciden que si no pueden hacer lo que desean, no harán nada. Muchos se aferran con energía desesperada a responsabilidades que son incapaces de llevar y en vano procuran hacer algo imposible para ellos, mientras descuidan lo que pudieran hacer. Y por falta de cooperación, la obra mayor es estorbada o se frustra (Profetas y reyes, pp. 769, 770).

Tenemos muchas lecciones que aprender y muchísimas que desaprender. Sólo Dios y el Cielo son infalibles. Quedarán chasqueados los que piensan que nunca tendrán que abandonar un punto de vista favorito, que nunca tendrán la ocasión de cambiar una opinión. Mientras nos aferremos a nuestras propias ideas y opiniones con persistencia determinada, no podremos tener la unidad por la cual oró Cristo.

Acerca de la infalibilidad, nunca pretendí tenerla. Sólo Dios es infalible. Su palabra es verdad y en él no hay cambio ni sombra de variación (Mensajes selectos, t. 1, p. 42).

Para Estudiar y Meditar.
Viernes 37
Mensajes selectos, t. 3, pp. 68-74.

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