sábado, 4 de julio de 2009

Lección 2: Experimentar la Palabra de vida / Notas de Elena de White

Sábado 4

Como testigo de Cristo, Juan no entró en controversias ni en fastidiosas disputas. Declaró lo que sabía, lo que había visto y oído. Estuvo asociado íntimamente con Cristo, oyó sus enseñanzas y fue testigo de sus poderosos milagros. Pocos pudieron ver las bellezas del carácter de Cristo como Juan las vio. Para él las tinieblas había pasado; sobre él brillaba la luz verdadera. Su testimonio acerca de la vida y muerte del Señor era claro y eficaz. Hablaba con un corazón que rebosaba de amor hacia su Salvador; y ningún poder podía detener sus palabras.

"Lo que era desde el principio -declaró- lo que hemos oído, lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1:1-3).

Asimismo puede todo creyente estar capacitado, por medio de su propio experiencia, para afirmar "que Dios es veraz" (S. Juan 3:33). Puede testificar de lo que ha visto, oído y sentido del poder de Cristo (Los hechos de los apóstoles, pp. 443, 444).

La Introducción de la Primera Carta de Juan (1 Juan 1:1-4).
Domingo 5

Representemos la vida cristiana como realmente es; hagamos que el camino sea alegre, invitador, interesante. Podremos hacerlo si lo deseamos. Podemos llenar nuestra mente con cuadros vívidos de las cosas espirituales y eternas, y al hacerlo así contribuir a que sean una realidad para otras mentes. La fe contempla a Jesús que permanece como nuestro Mediador a la diestra de Dios. La fe contempla las mansiones que ha ido a preparar para los que lo aman. La fe ve el manto y la corona preparados para el vencedor. La fe oye los cantos de los redimidos, y acerca las glorias eternas. Debemos acercarnos a Jesús en amorosa obediencia, si queremos ver al Rey en su hermosura.

Tener comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo equivale a ser ennoblecido y elevado, hechos partícipe de indecibles goces y plenitud de gloria. El alimento, la ropa, la condición y la riqueza pueden tener su valor, pero tener relación con Dios y ser participante de su naturaleza divina es de valor inapreciable. Nuestras vidas deberían estar escondidas con Cristo en Dios; y aunque todavía no se manifieste "lo que hemos de ser", "cuando Cristo" nuestra "vida se manifieste", "seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es". La principesca dignidad del carácter cristiano resplandecerá como el sol, y los rayos de luz que emanan del rostro de Cristo se reflejarán sobre los que se han purificado a sí mismos así como él es puro. El privilegio de llegar a ser hijos de Dios se consigue a bajo precio, aunque sacrifiquemos todo lo que poseamos, hasta la vida misma (La maravillosa gracia de Dios, p. 341).

Una gran luz ha brillado sobre nosotros, por lo tanto una vida de pureza y piedad debiera distinguir al pueblo de Dios en el mundo. El Señor no desea que los que integran su pueblo se desanimen y miran hacia lo que los rodea, sino que miren a las cosas que no se ven; a las que son eternas. Y mientras avanzan por fe en el camino que Cristo les muestra, no habrá retroceso sino avance, porque seguirán las providencias de Dios. Y al tener comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, los tesoros del mundo se hundirán en la insignificancia, porque sus ojos estarán fijos en los tesoros imperecederos. Que Dios sea el objeto de nuestro amor supremo para que nuestra influencia sobre la familia y el vecindario alcance hasta la misma eternidad (Ellen G. White 1888 Materials, p. 205).

Primera Juan 1 y Juan 1.
Lunes 6

"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros, y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido" (1 Juan 1:1-4).

Al apóstol Juan, que escribió estas palabras, Dios le permitió llegar a la ancianidad porque había estado con Cristo desde el comienzo de su ministerio; había escuchado sus enseñanzas y presenciado sus milagros; lo había acompañado en sus viajes misioneros y lo había seguido al Getsemaní; había presenciado su traición, su juicio, su condenación, y su sufrimiento y muerte sobre la cruz del Calvario; también había sido testigo ocular de su resurrección y ascensión. Por lo tanto tenía un mensaje que podía repetir dondequiera estuviese; un mensaje que era una verdad presente para su tiempo y una verdad que se mantendría presente mientras el mudo durase. Declaraba a todos los que lo escuchasen lo que había visto y oído, y lo que sus manos habían palpado tocante al Verbo de vida.

El Señor Jesús se manifestó a Juan y le mostró lo que debía escribir acerca del futuro. Esa revelación que el apóstol escribió en el pasado es la verdad presente para el mundo actual. En su providencia Dios protegió la vida de sus mensajeros que, como Juan, eran testigos de un mensaje importante que debía llegar hasta nuestro tiempo. Aquellos que experimentaron desde el principio el poder divino y el cumplimiento de la palabra profética, son testigos que pueden revelar al mundo lo que vieron y escucharon acerca del Verbo de vida, y también pueden darnos los mensajes de amonestación y advertencia para este tiempo (Signs of the Times, mayo 23, 1895).

La mente y la mano divinas han conservado puro a través de los siglos el relato de la creación. Únicamente la Palabra de Dios nos presenta los anales auténticos de la creación de nuestro mundo. Esta Palabra ha de constituir el estudio principal en nuestras escuelas. En ella podemos aprender lo que nuestra redención costó al que desde el principio era igual al Padre, y sacrificó su vida para que un pueblo pudiese subsistir ante él, redimido de todo lo terreno, renovado en la imagen de Dios.

Son ilimitadas las concesiones de Dios en nuestro favor. El trono de la gracia reviste la atracción más elevada, porque lo ocupa Aquel que nos permite llamarle Padre. Pero Jehová no consideró completo el plan de la salvación mientras estaba solamente investido de su amor. Colocó en su altar a un Abogado revestido de su naturaleza. Como nuestro intercesor, el cargo de Cristo consiste en presentarnos a Dios como sus hijos e hijas. Intercede en favor de los que le reciben. Con su propia sangre pagó su rescate. En virtud de sus propios méritos, les da poder para ser miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Y el Padre demuestra su amor infinito hacia Cristo recibiendo como a sus amigos, a los amigos de Cristo y dándoles la bienvenida. Está satisfecho con la expiación hecha. Queda glorificado por la encarnación, la vida, la muerte y la mediación de su Hijo.

El Cielo considera como de suma importancia la ciencia de la salvación, la ciencia de la verdadera piedad, el conocimiento que ha sido revelado desde la eternidad, que entra en el plan de Dios, que expresa su parecer y que revela su propósito. Si nuestros jóvenes obtienen este conocimiento, podrán adquirir todo lo demás que sea esencial; pero si no lo consiguen, todo el conocimiento que adquieran del mundo no los pondrá en las filas del Señor. Pueden alcanzar todo el conocimiento que puedan dar los libros, y sin embargo, ignorar los primeros principios de aquella justicia que les dará un carácter aprobado por Dios (Consejos para los maestros, padre y alumnos, pp. 15, 16).

La Palabra de Vida (1 Juan 1:1, 2).
Martes 7

Cristo adoptó la forma humana con el propósito de vivir la ley de Dios. Él es la Palabra de vida. Vino para ser el evangelio de salvación para el mundo, y para cumplir cada exigencia de la ley. Jesús es la Palabra, el Guía al que hay que recibir y obedecer en cada aspecto de la vida. Cuán necesario es, pues, que la mina de la verdad sea explorada para descubrir ese rico tesoro y ponerlo a buen recaudo como una joya preciosa. La encarnación de Cristo, su divinidad, su expiación, su extraordinario ministerio en el cielo como nuestro abogado y la obra del Espíritu Santo, todos estos temas del cristianismo son esenciales; y más aún, por ser vitales para nosotros, están revelados desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Los áureos eslabones de la cadena de la verdad evangélica, y lo principal, la material prima, se encuentran en las enseñanzas de Cristo Jesús. ¿Por qué entonces no habrían de ser ennoblecidas y exaltadas las Escrituras en cada escuela de tierra? ¡Cuán poco niños son educados para estudiar la Biblia como la Palabra de Dios, y para alimentarse con sus verdades, que son la carne y sangre del Hijo de Dios! (Recibiréis poder, p. 108).

Nuestra primer tarea es limpiar nuestro propio corazón de toda contaminación y permitir que sea santificado por la verdad. El amor de Cristo debe estar encendido sobre el altar del alma. Entonces, y sólo entonces, podremos compartir con otros lo que hemos visto y oído, y lo que nuestras manos han palpado tocante al Verbo de vida. Y cuando hayamos hecho todo lo posible por disipar las tinieblas del error, de la duda, de la incredulidad y la infidelidad en el mundo, debemos dejar el resto en las manos de Dios y no desanimarnos y dejar enfriar nuestro amor e interés por el hecho de que la iniquidad siga prevaleciendo.

Dios desea que sus hijos, que comprenden que han sido comprados por un precio infinito, den un testimonio viviente al mundo del cual forman parte, de lo que le costó la redención al Hijo de Dios. Desea que su iglesia esté integrada por fieles testigos que sean un espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Mi hermano, mi hermana, ¿No investigaremos las Escrituras para asegurarnos que nuestras doctrinas están correctas, y para aprender cómo vivir más plenamente para la gloria de Dios a fin de poder salvar a las almas por las que Cristo murió? (The Youth's Instructor, octubre 14, 1897).

Testigos Oculares.
Miércoles 8

La promesa del Espíritu Santo no se limita a ninguna edad ni raza. Cristo declaró que la influencia divina de su Espíritu estaría con sus seguidores hasta el fin. Desde el día de Pentecostés hasta ahora, el Consolador ha sido enviado a todos los que se han entregado plenamente al Señor y a su servicio. A todo el que ha aceptado a Cristo como Salvador personal, el Espíritu Santo ha venido como consejero, santificador, guía y testigo. Cuanto más cerca de Dios han andado los creyentes, más clara y poderosamente han testificado del amor de su Redentor y de su gracia salvadora. Los hombres y mujeres que a través de largos siglos de persecución y prueba gozaron de una gran medida de la presencia del Espíritu en sus vidas, se destacaron como señales y prodigios en el mundo. Revelaron ante los ángeles y los hombres el poder transformador del amor redentor (La maravillosa gracia de Dios, p. 204).

Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos, revestidos de la panoplia [armadura] divina, salieron como testigos, a contar la maravillosa historia del pesebre y la cruz. Eran hombres humildes, pero salieron con la verdad. Después de la muerte de su Señor eran un grupo desvalido, chasqueado y desanimado, como ovejas sin pastor; pero ahora salen como testigos de la verdad, sin otras armas que la Palabra y el Espíritu de Dios, para triunfar sobre toda oposición.

Su Salvador había sido rechazado, condenado y clavado en una cruz ignominiosa. Los sacerdotes y gobernantes judíos habían declarado burlonamente: "A otros salvó, a sí mismo no puede salvar. si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él". Pero esa cruz, ese instrumento de vergüenza y tortura, trajo esperanza y salvación al mundo. Los creyentes se reanimaron y reunieron; su desesperanza y su consciente sentimiento de desvalidez los había abandonado. Fueron transformados en carácter y unidos en los lazos del amor cristiano. Aunque carecían de riquezas, aunque eran reputados por el mundo como meros pescadores ignorantes, fueron hechos, por el Espíritu Santo, testigos de Cristo. Sin honores o reconocimiento terrenal, eran los héroes de la fe. De sus labios salieron palabras de divina elocuencia y poder que conmovieron al mundo (Testimonios para los ministros, pp. 63, 64).

Nuestra obra más importante es ser testigos de Cristo y obedecer sus palabras. A sus discípulos les dijo: "Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio" (S. Juan 15:37). Los discípulos tendrían el honor de ser testigos de la misión de Cristo, porque habían estado constantemente con él y podían compartir ese valioso conocimiento con otros. Y aunque nosotros no estuvimos con él en persona, él ha enviado su Espíritu Santo para guiarnos a toda la verdad y para darnos su poder para ser testigos del Salvador (The Gospel Herald, agosto 1, 1900).

Comunión con los Santos.
Jueves 9

Al cristiano se le presenta la posibilidad de realizar grandes conquistas. Puede estar siempre ascendiendo hacia mayores adquisiciones. Juan tenía una idea elevada del privilegio de un cristiano. Dice: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 3:1). A los que han sido exaltados de este modo se les revelan las inescrutables riquezas de Cristo, que tienen mil veces más valor que la opulencia del mundo. Por los méritos de Jesucristo, el hombre finito se eleva a la compañía con Dios y su querido Hijo (En lugares celestiales, p. 32).

La iglesia es la sociedad cristiana formada por los miembros que la componen, para que cada uno goce de la ayuda de todas las gracias y talentos de los demás miembros, y también de la operación de Dios en su favor, de acuerdo con los diversos dones y habilidades que Dios les concedió. La iglesia está unida en los sagrados vínculos del compañerismo a fin de que cada miembro se beneficie de la influencia de los demás. Todos deben unirse al pacto de amor y armonía que existe. Los principios y las gracias cristianas de toda la sociedad de creyentes han de comunicar fortaleza y poder en una acción armoniosa. Cada creyente debe beneficiarse y progresar por la influencia refinadora y transformadora de las variadas capacidades de otros miembros, para que las cosas que falten en uno puedan ser más abundantemente desplegadas en otros. Todos los miembros deben acercarse el uno al otro, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante el mundo, ante los ángeles y ante los hombres.

El compromiso que caracteriza el pacto de los miembros deben acercarse el uno al otros, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante el mundo, ante los ángeles y ante los hombres.

El compromiso que caracteriza el pacto de los miembros de la iglesia es que cada uno camine en los pasos de Cristo, que cada uno tome sobre sí el yugo de Cristo y aprenda de Aquél que es manso y humilde de corazón. Haciendo esto, "hallaréis -dice el amado Salvador- descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (S. Mateo 11:29, 30).

Los que llevan el yugo de Cristo marcharán unidos; cultivarán la simpatía y la tolerancia, y con santa imitación lucharán por mostrar a los demás la tierna simpatía y el amor que ellos mismos necesitan grandemente. El que es débil y carece de experiencia, aunque sea débil puede ser fortalecido por el que tiene más esperanza y por lo que poseen una experiencia madura. Aunque sea el menor de todas las excelencias del carácter del Señor, que éste no se avergüenza de llamarlo hermano.

¿Por qué los creyentes se constituyen como iglesia? Porque por este medio Cristo quiere aumentar su utilidad en el mundo y fortalecer su influencia personal para el bien. En la iglesia ha de mantenerse una disciplina que proteja los derechos de todos y aumente el sentido de mutua dependencia. Dios nunca se propuso que la mente y el juicio de un hombre fueran el poder dominante. Nunca dispuso que un hombre gobernara, planificara y dispusiera sin la consideración cuidadosa y acompañada de oración del cuerpo entero, a fin de que todos actuaran de una manera firme y armoniosa (Mensajes selectos, t. 3, pp. 15-17).

Para Estudiar y Meditar.
Viernes 10

El Deseado de todas las gentes, Pág. 307.

Jesús no se había espaciado en las especificaciones de la ley, pero no quería dejar que sus oyentes sacasen la conclusión de que había venido para poner de lado sus requerimientos. Sabía que había espías listos para valerse de toda palabra que pudiese ser torcida para servir su propósito. Conocía el prejuicio que existía en la mente de muchos de sus oyentes, y no dijo nada que pudiese perturbar su fe en la religión y las instituciones que les habían sido confiadas por medio de Moisés. Cristo mismo había dado la ley moral y la ceremonial. No había venido para destruir la confianza en sus propias instrucciones. A causa de su gran reverencia por la ley y los profetas, procuraba abrir una brecha en la muralla de los requerimientos tradicionales que rodeaban a los judíos. Mientras trataba de poner a un lado sus falsas interpretaciones de la ley, puso a sus discípulos en guardia contra la renuncia a las verdades vitales confiadas a los hebreos.

Los fariseos se jactaban de su obediencia a la ley; pero conocían tan poco de sus principios por la práctica diaria, que para ellos las palabras del Salvador eran como una herejía. Mientras él barría las inmundicias bajo las cuales la verdad había estado enterrada, los circunstantes pensaban que barría la verdad misma. Se murmuraban unos a otros que estaba despreciando la ley, pero él leyó sus pensamientos, y les dijo:

"No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir." Así refutó Jesús el cargo de los fariseos. Su misión en este mundo consistía en vindicar los sagrados derechos de aquella ley que ellos le acusaban de violar. Si la ley de Dios hubiese podido cambiarse o abrogarse, Cristo no habría necesitado sufrir las consecuencias de nuestra transgresión. El vino para explicar la relación de la ley con el hombre, e ilustrar sus preceptos por su propia vida de obediencia.


Guía de Estudio de la Biblia: Amadas y llenas de amor: Las Epístolas de Juan / Notas de Elena de White.
Periodo: Trimestre Julio-Septiembre de 2009
Autor: Ekkehardt Mueller, nacido en Alemania, doctor en Teología y Ministerio. Es uno de los directores asociados del Instituto de Investigaciones Bíblica (Biblical Research Institute) de la Asociación General. Sus especialidades son Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis, hermenéutica y teología aplicada. Es casado y tiene dos hijos adultos.
Editor: Clifford Goldstein

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